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Entrega de la Medalla de Oro a la Coronación

  • Foto del escritor: Borja Mejías
    Borja Mejías
  • 24 may
  • 5 min de lectura

Música al servicio de un día grande


Hay celebraciones que, incluso antes de comenzar, ya se intuyen distintas.

No por su formato externo, sino por lo que concentran: historia, devoción, identidad y, en este caso, el reconocimiento público de toda una ciudad. El pasado 20 de septiembre de 2025, en la Parroquia de San Pedro de Jerez, se celebró uno de esos días.

La entrega de la Medalla de Oro de la ciudad a la Hermandad de la Coronación de Espinas de Jerez, en el contexto del centenario de su llegada al barrio de la Albarizuela.

Y, en medio de todo ello, la música.


Preparar lo que no es habitual


La celebración fue una misa votiva en honor a la Virgen de la Paz, bajo la advocación de la Paz en su mayor Aflicción. Presidida por D. Enrique Soler, párroco de San Pedro, reunía todos los elementos propios de una gran solemnidad… pero también exigía algo más.

La música no podía ser simplemente “correcta”. Tenía que estar a la altura de lo que se celebraba.

Para ello, se formó un grupo específicamente para la ocasión: dos trompetas, dos trombones, trompa, timbales, órgano y voz. Una formación poco habitual en el contexto parroquial, pero pensada precisamente para aportar ese carácter solemne sin perder el sentido litúrgico.

La inspiración, en gran parte, vino de las celebraciones en el Vaticano. Había tenido la oportunidad de estar allí recientemente, y ese modelo —el uso de metales integrados con el órgano, al servicio del rito— marcó claramente el planteamiento.

No se trataba de hacer un “concierto dentro de la misa”, sino de construir un sonido que ayudara a celebrarla.


Un trabajo breve… pero intenso


El grupo se formó con músicos cercanos: amigos, conocidos, gente de absoluta confianza tanto en lo musical como en lo personal.

El tiempo de preparación fue limitado: ensayos durante la semana previa y el mismo día de la celebración.

Porque ese día empezó temprano.

A las 8 de la mañana ya estábamos en la parroquia. Ajustando, probando, ensamblando. Tres horas antes del inicio. A las 10, la Virgen llegaba en procesión desde su capilla. A las 11 comenzaba la Eucaristía.

Ese margen de tiempo no es solo técnico. Es también una forma de entrar en lo que se va a hacer.


Un repertorio con sentido


El repertorio no fue elegido al azar.

La procesión de entrada se abrió con Hija del Pueblo, de Alberto Taulé Viñas, un canto profundamente arraigado en la vida de la Hermandad, especialmente vinculado al paso de la Virgen por el colegio Montaigne. No era solo música: era memoria compartida.

Gran parte del resto del repertorio se apoyó en composiciones de Marco Frisina, cuya escritura permite integrar bien coro, órgano y conjunto instrumental sin perder el carácter litúrgico.

Especialmente significativo fue el Gloria. Una pieza compleja, sin una métrica clara, que exige atención constante y una verdadera unidad entre todos los que intervienen. No permite automatismos. Obliga a estar dentro en todo momento.

Y eso, precisamente, fue lo que lo convirtió en uno de los momentos más intensos de la celebración.


El momento clave


Si hubiera que señalar un instante concreto, sería el ofertorio.

Tras la entrega de la Medalla de Oro a la Virgen, el canto del “Salve Madre” marcó un punto de inflexión. No era ya solo un acto institucional. Era una respuesta.

Ahí la música dejó de acompañar para convertirse en expresión directa de lo que estaba ocurriendo.

Hay momentos en los que todo encaja: el texto, la música, el gesto, el contexto. Y ese fue uno de ellos.


Dirigir, tocar, cantar… y confiar


Dirigir, tocar el órgano y cantar al mismo tiempo es algo que forma parte habitual de mi manera de trabajar. No es nuevo. Pero nunca es exactamente igual.

Todo depende del equipo.

Y en este caso, contar con músicos de ese nivel —no solo técnico, sino humano— lo cambió todo. Cuando hay confianza, cuando cada uno sabe lo que tiene que hacer y está verdaderamente implicado, todo fluye de otra manera.

Más que controlar, se trata de sostener. Más que dirigir, de acompañar. Y entonces aparece algo que no se puede forzar: el disfrute real.


Una música que ayuda a celebrar


Uno de los mayores retos en este tipo de celebraciones es mantener el equilibrio. No perder el carácter festivo —porque lo era—, pero sin convertir la liturgia en un espectáculo. No rebajar la solemnidad, pero tampoco hacerla pesada.

En ese sentido, la música cumplió su función: ayudó a entrar en el misterio que se celebraba.

No lo sustituyó. No lo tapó. Lo sostuvo. Y eso, en el fondo, es lo único que se le puede pedir.


Un final inesperado


La Eucaristía llegaba a su fin, y con ella también toda la tensión acumulada de la mañana.

Después de una celebración exigente —por lo que significaba y por lo que requería musicalmente— quedaba un último gesto. Interpretamos Coronación de la Macarena, una obra que, personalmente, marca siempre un punto de inflexión. No es solo una marcha más. Tiene algo de inicio, incluso cuando suena al final.

La enlazamos con Tú eres el orgullo de nuestro pueblo. Y ahí, sin buscarlo, ocurrió algo distinto.

El aplauso.

No fue inmediato, ni forzado. Fue apareciendo poco a poco, como una reacción natural de quienes estaban allí. Algo que sorprendió, porque no es lo habitual —ni lo que se espera— dentro de la liturgia.

Y precisamente por eso, obliga a detenerse un momento.

Porque el aplauso, en este contexto, puede entenderse de muchas maneras. Puede interpretarse como reconocimiento, como agradecimiento… o simplemente como una forma espontánea de exteriorizar lo vivido cuando ya no hay estructura litúrgica que lo contenga.

No lo buscamos. No trabajamos para eso. Y, sin embargo, ocurrió.

Y quizá lo más importante no es el aplauso en sí, sino lo que lo provocó. No tanto la ejecución, sino el clima que se había generado durante toda la celebración.

Cuando la música está verdaderamente al servicio de la liturgia, no necesita añadidos. Pero a veces, al terminar, deja una huella que pide salir de alguna forma.

Ese aplauso no formaba parte del rito. Pero sí formó parte de ese día.


Lo que queda


Más allá del resultado, de los detalles concretos o incluso de la propia celebración, lo que queda es otra cosa.

El privilegio de haber formado parte de un día importante para una Hermandad. La responsabilidad —y el orgullo— de que hayan confiado en mí para ello. Y, sobre todo, la experiencia de haber trabajado con músicos de una calidad humana y profesional enorme.

Porque al final, todo se resume en eso.

Cuando el talento, la ilusión y la amistad se encuentran… la música deja de ser solo música.

Y entonces sí: merece la pena.



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