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Corpus Christi de 2026 en la Catedral de Jerez

  • Foto del escritor: Borja Mejías
    Borja Mejías
  • 9 jun
  • 2 min de lectura

La solemnidad del Corpus Christi nos regaló este año una celebración especialmente significativa para quienes tuvimos la responsabilidad y el privilegio de poner la música al servicio de la liturgia en la Catedral.


Como organista y coordinador musical de la celebración, tuve la fortuna de compartir este proyecto con grandes amigos músicos: un tenor solista, además de trompeta, trompa y trombón, formando un conjunto instrumental que acompañó al coro de los Dolores de Jerez en una de las festividades más importantes del calendario litúrgico.


El programa musical estuvo articulado en torno a la Misa Pro Europa de Jacques Berthier, una obra de gran sencillez y profundidad espiritual que favorece la participación de la asamblea sin renunciar a la belleza musical. Junto a ella interpretamos cantos tan conocidos como Te ofrecemos, Señor de Palazón, Yo lo resucitaré de Gregory Norbet y Suzanne Toolan, Cuerpo y Sangre de Jesús y Al Dios escondido, todos ellos especialmente apropiados para una celebración centrada en el misterio eucarístico.


Sin embargo, hubo un momento que para mí destacó por encima de todos los demás. Durante la comunión interpretamos el Ave Verum Corpus de Mozart en una versión íntima y especialmente emotiva. De forma improvisada, asumía el acompañamiento musical y la línea de soprano, nuestro tenor la propia, mientras que la voz de bajo fue interpretada por el director del coro, completando así un pequeño conjunto vocal que buscó transmitir toda la delicadeza y profundidad espiritual de esta obra maestra.


Fue, sin duda, mi momento cumbre de la celebración. Hay piezas que trascienden su propia belleza musical para convertirse en auténtica oración, y el Ave Verum pertenece a esa categoría. Durante esos minutos, la música pareció integrarse perfectamente en la liturgia, sirviendo al texto y al momento con una naturalidad difícil de describir.


La dimensión instrumental también tuvo un espacio destacado gracias a la interpretación del Air Trompetée de Georg Philipp Telemann. La brillantez de la trompeta solista dialogando con el órgano aportó un contraste festivo y elegante, recordándonos el carácter jubiloso de esta solemnidad. La combinación de ambos instrumentos llenó la catedral de una sonoridad luminosa que fue recibida con gran atención por todo el pueblo congregado en el primer templo de Jerez.


Más allá del repertorio, me quedo con la experiencia humana y musical de trabajar junto a amigos y compañeros comprometidos con la belleza de la liturgia. El Corpus Christi volvió a demostrar que la música sacra sigue siendo un lenguaje vivo, capaz de unir tradición, fe y arte en una misma celebración.


Cuando el último acorde se desvanece y el templo recupera el silencio, permanece la satisfacción de haber contribuido, aunque sea modestamente, a realzar una de las celebraciones más hermosas del año litúrgico.



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