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Terminado 1º de Profesional

  • Foto del escritor: Borja Mejías
    Borja Mejías
  • 22 jun
  • 3 min de lectura

Un año en el conservatorio: entre figuras y silencios


Hace un año crucé por primera vez la puerta del conservatorio con una mezcla difícil de describir: ilusión, respeto y una inquietud casi reverencial. No era solo empezar a estudiar música; era, de algún modo, someterme a una tradición, entrar en una disciplina que me superaba y que, precisamente por eso, me atraía.


Venía de un camino muy distinto. Durante años, mi relación con el órgano había sido la del autodidacta: libre, intuitiva, a veces caótica, pero profundamente personal. Aprender solo tiene algo de aventura, pero también de límite. Uno avanza hasta donde puede, pero tarde o temprano se encuentra con un techo invisible. Entrar en el conservatorio ha sido, en ese sentido, un acto de humildad: aceptar que necesito aprender de otros, que hay un lenguaje que debe ser transmitido, que la tradición no es una carga, sino una guía.


Dejar de ser autodidacta para convertirme en alguien que empieza a tener estudios reglados ha cambiado mi forma de entender la música. Ya no se trata solo de tocar, sino de comprender; no solo de interpretar, sino de leer, analizar, interiorizar. El órgano, que siempre había sido para mí un espacio casi íntimo, ha pasado a formar parte de un marco más amplio, más exigente, pero también más fértil.


Durante este año he descubierto que la música no es únicamente sonido. Es también silencio, repetición, frustración y, en ocasiones, una forma inesperada de oración. Hay algo profundamente ordenado en sentarse cada día frente al instrumento y repetir un pasaje hasta que deja de resistirse. Como escribir con una estilográfica: el trazo exige paciencia, pulso y atención. No admite prisas. La tinta, como el sonido, deja huella solo cuando uno aprende a sostener el gesto.


El conservatorio me ha enseñado a escuchar de verdad. No solo las notas, sino lo que hay detrás de ellas: la intención, la tensión, la resolución. También me ha enfrentado a mis propios límites. Hay días en los que avanzar parece imposible, en los que cada compás se convierte en un pequeño combate. Y, sin embargo, incluso en esos momentos, hay algo que permanece.


Quizá tenga que ver con la disciplina, pero también con algo más profundo. En medio de escalas y estudios, he encontrado una paz que reconozco de otros ámbitos de mi vida, especialmente de la fe. Esa constancia diaria, ese volver una y otra vez al mismo lugar, tiene algo de litúrgico. No en el sentido externo, sino en el interior: una repetición que no es vacía, sino transformadora. Practicar se parece, a veces, a rezar: no siempre hay emoción, pero sí hay sentido.


Pero el conservatorio no ha sido solo estudio individual. Ha sido también encuentro. Uno de los regalos más inesperados de este año ha sido conocer a compañeros que comparten esta misma búsqueda. Personas con las que no solo se habla de música, sino con las que se puede salir después de clase, sentarse a tomar una cerveza y seguir, de otra manera, la conversación que empezó entre partituras.


Esos momentos —aparentemente secundarios— forman parte esencial de la experiencia. Porque la música, al final, también es comunidad. No se aprende del todo en soledad.


Entre esas personas, hay algunas que han pasado a ocupar un lugar especialmente cercano. A veces, sin buscarlo, surgen colaboraciones que revelan una afinidad especial y terminan por integrarse en ese pequeño círculo de músicos con los que uno se siente particularmente en casa. Trabajar con alguien así no es solo coordinar voces o tempos; es compartir una sensibilidad, una forma de entender lo que se está haciendo. Y eso, cuando ocurre, es difícil de explicar, pero muy fácil de reconocer.


También he aprendido a valorar el tiempo de otra manera. La música no se deja apresurar. Un fragmento necesita madurar, como una idea al escribir o una convicción en el ámbito espiritual. Todo requiere su ritmo. Vivimos rodeados de prisa, pero el estudio serio de un instrumento impone otra lógica: la de la lentitud, la de la repetición, la de la paciencia.


Si algo me llevo de este primer año es precisamente eso: el descubrimiento de que la belleza no suele aparecer de golpe. Se construye lentamente, con esfuerzo, con errores y con pequeños avances casi invisibles.


Sigo siendo, en muchos sentidos, un principiante. Pero ya no me preocupa tanto. Porque he entendido que el camino —como en la música, como en la escritura, como en la fe— no consiste en llegar rápido, sino en permanecer.


Y en ese permanecer, poco a poco, algo empieza a sonar. Seguimos en el camino. Seguimos trabajando. Porque al final, entre estudio, encuentros y pequeñas rutinas compartidas, este primer año ha sido mucho más de lo que esperaba. Y si algo tengo claro, es que merece la pena continuar.



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