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Canto del mes: Los rosales en flor (L. Deiss)

Foto del escritor: Borja Mejías
Borja Mejías
27 ago
4 min de lectura

«Los rosales en flor», de Lucien Deiss: María, imagen de la Iglesia glorificada


Continuamos con esta serie de cantos que, mes a mes, pretenden acercarnos a algunas de las páginas más significativas del repertorio sacro. En esta ocasión, en el contexto de la solemnidad de la Asunción de la Virgen María, quiero detenerme en una obra de Lucien Deiss que, bajo una apariencia sencilla y luminosa, encierra una profunda riqueza bíblica y teológica: «Los rosales en flor».


Lucien Deiss (1921-2007), sacerdote, biblista y compositor francés, dedicó buena parte de su vida a la renovación del canto litúrgico. Su música se caracteriza por unir una gran sencillez melódica con textos profundamente arraigados en la Sagrada Escritura y en la tradición litúrgica de la Iglesia. «Los rosales en flor» es un buen ejemplo de esta manera de entender la música sacra: una melodía accesible que pone al servicio de la liturgia un contenido teológico mucho más profundo de lo que podría parecer a primera vista.


Una imagen de María en la gloria


El canto comienza con una imagen de extraordinaria belleza:

«Los rosales en flor y los lirios del campola rodean como en primavera».

Inmediatamente aparece ante nosotros una escena llena de vida. No encontramos aquí una representación de la muerte, sino de la vida que alcanza su plenitud. Las flores, la primavera, la luz y la belleza son utilizadas para describir la gloria de María.

La imagen procede de la tradición bíblica y litúrgica, especialmente de aquellos textos sapienciales y poéticos que la Iglesia ha leído desde antiguo en clave mariana. Deiss recoge estas imágenes y las sitúa en el contexto de la Asunción: María aparece ya participando plenamente de la gloria que Dios ha preparado para el ser humano.

La primavera se convierte así en una imagen de la vida nueva. En María ha florecido ya aquello que un día esperamos contemplar realizado en nosotros.


El lenguaje del Cantar de los Cantares


Una de las características más interesantes del canto es el empleo de imágenes procedentes del Cantar de los Cantares.

La tradición cristiana ha encontrado en este libro de la Escritura un lenguaje particularmente apropiado para expresar el amor de Dios, utilizando las imágenes del esposo y la esposa, de la belleza, de la primavera, de los perfumes y de la espera.

Por eso encontramos en el canto expresiones como:

«La vi tan bella como la aurora,cual sol refulgente en medio del cielo».

La belleza de María no se presenta simplemente como una belleza exterior. Es la belleza de aquella criatura que ha sido plenamente alcanzada por la gracia de Dios.

La comparación con la aurora resulta especialmente significativa. La aurora anuncia el nacimiento de un nuevo día. Del mismo modo, María puede ser contemplada como aurora de la humanidad redimida, como aquella en quien ya aparece anticipado el destino glorioso al que está llamada la Iglesia.


María, imagen de la Iglesia


Aquí encontramos, probablemente, la clave teológica más importante de todo el canto.

La Asunción de María no debe entenderse únicamente como un privilegio aislado de la Virgen. La Iglesia contempla en ella el cumplimiento anticipado de su propia esperanza.

María es la primera redimida que participa plenamente, en cuerpo y alma, de la gloria de Cristo. Por eso, cuando contemplamos a María glorificada, contemplamos también una imagen de aquello que la Iglesia espera llegar a ser.

La Asunción tiene, por tanto, una dimensión profundamente escatológica.

María ya vive aquello que nosotros todavía esperamos.

La Iglesia peregrina contempla en ella su futuro. La Virgen glorificada se convierte en signo de esperanza para todos aquellos que caminamos todavía hacia la plenitud del Reino.

Por eso resulta tan hermosa la imagen de los rosales y los lirios: en María ya ha llegado la primavera definitiva de la humanidad.


De María a Cristo


Hay otro detalle del texto que merece especial atención. Después de haber contemplado la belleza y la gloria de María, el canto termina poniendo nuestra mirada en Cristo:


«Que por los siglos, Virgen María,los pueblos alaban a Cristo, tu Hijo».

Este final no es casual.

Toda auténtica devoción mariana termina conduciendo a Cristo. María no ocupa el lugar de su Hijo, sino que conduce hacia Él. Su gloria es consecuencia de la obra redentora de Cristo y su misión continúa siendo señalar hacia Él.

La Iglesia contempla a María precisamente porque en ella puede reconocer la grandeza de lo que Dios realiza en una criatura que se abre plenamente a su gracia.

La Virgen es, por tanto, la mujer que nos muestra a dónde conduce Cristo.

Su Asunción es inseparable de la Resurrección de su Hijo y, al mismo tiempo, se convierte en una promesa de nuestra propia resurrección.


Un canto de celebración y esperanza


También desde el punto de vista musical resulta significativo el carácter de «Los rosales en flor».

No estamos ante un canto marcado por la tristeza, sino ante una música luminosa y celebrativa. La melodía permite expresar esa alegría serena propia de quien contempla una realidad ya cumplida: María está en la gloria.

Pero esta alegría no es superficial. Es la alegría de la esperanza cristiana.

La Asunción nos recuerda que la muerte no tiene la última palabra. El destino último del ser humano no es la desaparición, sino la vida eterna en Dios. En María, esta esperanza ya se ha hecho realidad.

Por eso el canto puede ser escuchado casi como una proclamación:

la primavera ha comenzado.

En María ya contemplamos el fruto maduro de la redención.


Una obra sencilla con un contenido profundo


Quizá una de las cosas que más me atraen de «Los rosales en flor» sea precisamente esta capacidad de decir mucho con poco.

Una melodía sencilla.Un texto lleno de imágenes poéticas.La primavera.Los rosales.Los lirios.La aurora.Los perfumes.La belleza.

Y, detrás de todo ello, una afirmación profundamente cristiana:

en María contemplamos ya aquello que esperamos alcanzar por la gracia de Cristo.

La música de Lucien Deiss consigue así algo que considero fundamental en el canto litúrgico: no se limita a acompañar una celebración, sino que ayuda a contemplar el misterio que estamos celebrando.

Cuando cantamos «Los rosales en flor» en la solemnidad de la Asunción, no estamos simplemente cantando a María. Estamos proclamando, con imágenes tomadas de la Escritura y con la belleza propia de la música, la victoria de Cristo sobre la muerte y la esperanza de la Iglesia que camina hacia la gloria.

María es la flor que ya ha alcanzado su plenitud.

Y nosotros, todavía en camino, contemplamos en ella la promesa de nuestra propia primavera.

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