Taizé 2026: Volver a la fuente
«Uno solo pasa por Taizé como el viajero que se detiene en una fuente, apaga su sed y continúa el viaje».— San Juan Pablo II

Hay lugares a los que uno llega por primera vez y otros a los que, con el paso de los años, siente que necesita volver. Taizé es, para mí, uno de esos lugares.
Esta ha sido mi quinta visita. La primera fue en 2017 y, desde entonces, llevaba años deseando regresar. No porque Taizé sea un lugar extraordinario por sus grandes monumentos, ni porque allí sucedan cosas espectaculares. Precisamente lo contrario: Taizé tiene algo difícil de explicar. Es un lugar en el que uno puede escapar durante unos días del bullicio cotidiano y encontrar momentos de paz, silencio, oración y encuentro. Buscar la simplicidad, como dicen los hermanos.
La oportunidad de volver llegó casi por casualidad. Durante los cultos de una hermandad en Cuaresma me comentaron que las parroquias de La Granja, San Benito y San Juan Bautista de la Salle de Jerez se estaban uniendo para peregrinar a Taizé durante el mes de agosto. Y así comenzó el viaje.
Treinta y cinco horas de camino
Después de celebrar la misa de envío en la parroquia de La Granja (la cual me tocó acompañar con el órgano) salimos de Jerez en autobús. En Sevilla recogimos a un pequeño grupo que se incorporaba desde Rociana, en Huelva, y desde allí emprendimos juntos el camino hacia Francia. Éramos 55 personas y nos esperaban unas 35 horas de autobús.
Puede parecer una auténtica locura, pero los viajes largos tienen también algo de preparación interior. Durante tantas horas de carretera hay tiempo para conversar, dormir, pensar y, sencillamente, dejar atrás poco a poco aquello que forma parte de nuestra rutina.
En el camino hicimos una parada muy especial: Ars. Allí celebramos la Eucaristía en la basílica donde reposan los restos de san Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars. Después continuamos nuestro camino.
Llegamos a Taizé alrededor de las 13:00 del domingo 2 de agosto. Y entonces ocurrió algo que quizá sea difícil de explicar si no se ha vivido. Al llegar a la primera oración, mi pensamiento fue muy sencillo: «Aquí estamos de nuevo. Por fin».
La primera vez no fue así
Quizá precisamente por eso esta llegada fue tan especial. Cuando fui por primera vez, en 2017, no me hallaba. No sabía muy bien dónde estaba. No terminaba de comprender la dinámica de Taizé. Las reflexiones, las oraciones, los horarios, los pequeños grupos... todo me resultaba extraño.
Aunque en Jerez conocemos los cantos de Taizé y hemos realizado oraciones inspiradas en su estilo, una cosa es adaptar ese modo de oración a nuestra realidad y otra muy distinta es encontrarse con Taizé en Taizé. No es lo mismo cantar veinte personas a una sola voz en una iglesia pequeña que cantar miles de personas a cuatro voces en una iglesia enorme. La experiencia es completamente diferente.
Con los años, sin embargo, fui comprendiendo qué es lo que hace especial a este lugar. Y quizá por eso volver después de tanto tiempo produjo en mí una sensación tan distinta. Esta vez no necesitaba descubrir dónde estaba. Había vuelto a la fuente.
Una semana para detenerse
Uno de los aspectos que más disfruté durante esta peregrinación fueron las reflexiones y, especialmente, los Small Groups. Esta vez tuve la oportunidad de participar como catequista de un grupo de nueve jóvenes. Las conversaciones que surgieron fueron muy interesantes. Cada uno llegaba con su propia historia, sus propias preguntas, sus inquietudes y también sus propias heridas. Y eso fue otra de las cosas que más me llamó la atención durante la semana. Taizé está lleno de personas. Miles de personas.
Pero detrás de cada una hay una historia. Una familia, unas preocupaciones, unas alegrías, unas dificultades, unas preguntas sobre la vida y sobre la fe.
A veces vemos simplemente a una multitud. En Taizé uno termina descubriendo que aquella multitud está formada por miles de historias personales.
Y quizá eso sea también parte de la experiencia de la Iglesia: descubrir que, detrás de una asamblea, nunca hay simplemente una masa de personas, sino personas concretas que llegan con una vida concreta.
El colmo de un músico
Cualquiera podría pensar que, siendo músico, una de las cosas que más disfruté de Taizé fue cantar. Nada más lejos de la realidad. El colmo de un músico es llegar a Taizé y no poder cantar. Y eso fue exactamente lo que me ocurrió.
El aire acondicionado del autobús hizo de las suyas y llegué completamente afónico. Lo que comenzó como una molestia terminó acompañándome durante prácticamente toda la semana. Intenté vivirlo con resignación. Incluso intenté convencerme de que quizá aquello podía ser una oportunidad para descansar del canto, algo que tampoco viene mal después de tantos días al año dedicados a la música. Pero fue duro.
Especialmente cuando la asamblea comenzaba a cantar piezas que conocía perfectamente, que me gustaban y que llevaba dentro, y yo no podía participar como me habría gustado. Desde fuera podía escuchar cómo miles de voces construían aquella música. Y yo, precisamente yo, no podía cantar. Pero quizá también había algo que aprender ahí.
Cantar no es destacar
El sábado por la noche, después de la vigilia de las velas, pasé un rato por el Oyak, la zona de ocio de Taizé. Después regresé a la iglesia y encontré a unos amigos reunidos cantando. Era algo completamente improvisado. Yo llegué el último.
No había un coro preparado, ni un director, ni una actuación. Simplemente varias personas reunidas en torno a los cantos de Taizé. Y ocurrió algo muy bonito. Poco a poco recuperé algo de voz y pude cantar. Mal, torpemente y con bastante esfuerzo, pero pude hacerlo. Y entonces comprendí algo que quizá, como músico, debería tener mucho más presente. Cantar en Taizé no consiste en destacar. Consiste en formar parte.
Cuando miles de personas cantan juntas, nadie necesita sobresalir. Cada uno aporta su voz para que la pieza suene homogénea. En las oraciones del día formas parte de un coro de miles de personas que probablemente no volverán a encontrarse entre ellas. Aquella noche éramos apenas cinco, seis o siete personas reunidas en un pequeño círculo. Mientras nosotros cantábamos, otras personas, repartidas por la nave central de la iglesia, se iban incorporando. Era exactamente lo mismo, pero a otra escala.
No se trataba de demostrar nada. Simplemente de ayudar a que el canto siguiera vivo. Y quizá esa sea una de las imágenes que más me llevo de Taizé.
«Cantaré al Señor mientras viva»
De todos los cantos de estos días, hay uno que se me ha quedado especialmente dentro: «Cantaré al Señor mientras viva», que cantábamos en portugués. Quizá la afonía hizo que lo viviera de una manera diferente. Durante toda la semana tuve que escuchar mucho más de lo que pude cantar. Y quizá eso también fue una forma de oración.
A veces estamos tan acostumbrados a hacer, acompañar, interpretar, dirigir o participar que olvidamos que también necesitamos simplemente escuchar.
Volver a casa
El último día llegó con una sensación diferente. Ya estaba cansado. Dormir durante una semana en una tienda de campaña, sobre el suelo y en mitad de una colina, termina pasando factura. Uno empieza a echar de menos su cama. Y también una ducha caliente. Así que, esta vez, tenía ganas de volver.
Pero tener ganas de volver no significa querer que aquello termine. Significa quizá que la peregrinación ha cumplido su propósito.
San Juan Pablo II decía que uno pasa por Taizé como el viajero que se detiene en una fuente, apaga su sed y continúa el viaje. Creo que eso es exactamente lo que he experimentado.
Uno no va a Taizé para quedarse allí. Va para detenerse. Para beber. Para recuperar fuerzas. Y después continuar el camino.
Lo que me llevo
Esta quinta visita termina, pero Taizé no se queda solamente allí. Me llevo una canción: Cantaré al Señor mientras viva. Me llevo una cruz, comprada allí, como marca la tradición de cada peregrinación. Me llevo los cantorales que he adquirido durante estos años y que ahora podré llevar conmigo a Sevilla, a Cádiz y a tantos otros lugares, haciendo que una pequeña parte de aquello que he vivido siga sonando lejos de Taizé.
Pero, sobre todo, me llevo personas. Amistades. Conversaciones. Rostros. Historias. Personas que probablemente habría sido imposible conocer en cualquier otro contexto. Y me llevo también la certeza de que hay lugares a los que uno no vuelve exactamente de la misma manera.
La primera vez que llegué a Taizé no sabía muy bien dónde estaba. Esta quinta vez, en cambio, lo supe desde el primer momento. Aquí está la fuente. Y después de beber, toca continuar el camino.


Comentarios