Mi Semana Santa 2026
- Borja Mejías
- 12 abr
- 3 Min. de lectura
Hay formas muy distintas de vivir la Semana Santa. Algunas se recuerdan por una imagen concreta, otras por una cofradía, otras por un día. La mía, este año, tiene una forma muy clara: empieza y termina en el mismo sitio. En la Catedral de Jerez. Aunque, en realidad, todo comenzó antes.
La primera vez que me senté a tocar en la Catedral fue el primer domingo de Cuaresma. Aún no había procesiones, pero ya se intuía todo lo que venía. La música, en ese contexto, no es un añadido: es preparación, es anuncio.
Pero el verdadero inicio llegó el Domingo de Ramos. Acompañando al coro de la Parroquia de los Dolores de Jerez, con los nervios inevitables de querer hacerlo bien. Esa presión que aparece siempre, aunque uno intente convencerse de que es “un día más en la oficina”. Nunca lo es del todo.
Antes de comenzar la celebración interpreté Esperanza, de Manuel Marvizón, y Amarguras, de Manuel Font de Anta. Dos formas distintas de entrar en lo que estaba empezando. Pero hubo un momento que, para mí, marca de verdad el inicio de todo lo que estaba por venir. Al terminar, durante la salida del obispo, interpreté al órgano Coronación de la Macarena. Mi marcha. Mi referencia. Esa que, cada vez que suena, anuncia algo más que una procesión. Ahí empezó mi Semana Santa. Porque si hay un instante donde la música ha tenido un peso especial este año, ha sido este. No es lo mismo escuchar una marcha que sostenerla. No es lo mismo oírla en la calle que hacerla resonar en ese espacio. Con esa marcha, la música deja de ser acompañamiento y se convierte en algo que llena todo.
No se puede contar todo. Ni hace falta. Pero hay momentos que se quedan con una claridad especial. Pues gran parte de estos días los he vivido desde dentro, acompañando celebraciones que preceden a las estaciones de penitencia.
El Lunes Santo, en Sevilla, en la misa de la Hermandad de la Redención. Después, la oportunidad de acompañar la salida, delante del misterio del Beso de Judas, hasta la entrada en Carrera Oficial. Hay momentos que no se buscan, pero se quedan.
El Miércoles Santo, de vuelta en Jerez, en las misas de las Hermandad de las Tres Caídas de Jerez y de la Hermandad del Prendimiento de Jerez.
A nivel personal, me quedo con la salida de la Hermandad de la Vera Cruz de Sevilla. La Hermandad de la Macarena pasando por la Plaza del Cristo de Burgos, la Hermandad de los Negritos en San Esteban… Y luego están los silencios. Esos silencios que envuelven todo. Me quedo con el discurrir de la Hermandad del Silencio por la calle Cuna. Ese silencio real, no impuesto, que se crea cuando la gente entiende lo que está pasando. Algo parecido con la Hermandad del Gran Poder. No hace falta decir nada. Todo ya está dicho con el Señor de Sevilla.
También ha habido momentos difíciles. El más claro: dejar a la Macarena para volver a Jerez y cumplir con los oficios del Viernes Santo. Justo cuando uno querría quedarse, tocar, seguir. Pero la Semana Santa también es eso: saber dónde tienes que estar.
Y luego, el cansancio. Un cansancio acumulado, real, físico. De días largos, de horarios que se encadenan, de ir de un sitio a otro haciendo kilómetros. Pero es un cansancio extraño: no molesta. Es, casi, esperado. Es el tipo de cansancio que sabes que echarás de menos cuando todo termine. Este año, además, ha sido pleno. No ha llovido ningún día. Todas las cofradías han podido salir. Todo ha seguido su curso. Eso también deja huella.
Y, casi sin darte cuenta, llegas al final.
Domingo de Resurrección. Otra vez la Catedral de Jerez de la Frontera. Otra vez acompañando al coro de la Parroquia de los Dolores. El lugar es el mismo. Pero no lo es. Si el Domingo de Ramos todo empezaba —con nervios, con presión, con esa sensación de inicio— ahora todo pesa de otra manera. Está el cansancio, sí. Pero también todo lo vivido durante la semana. Todo lo que se ha ido acumulando. Y al final, el Hallelujah del El Mesías de Georg Friedrich Handel. No es una marcha. No es música de calle. Pero, de alguna forma, encaja. Cierra.
Mi Semana Santa en este 2026 empezó y terminó en el mismo sitio. Pero no ha sido un círculo. Ha sido un recorrido. Porque volver al mismo lugar no significa volver igual. Significa traer contigo todo lo que ha pasado entre medias: la música, los silencios, el cansancio, los momentos que no esperabas. Y, sobre todo, esa sensación de que, cuando todo termina, en realidad ya estás esperando que vuelva a empezar.



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