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Mi primera estilográfica

  • Foto del escritor: Borja Mejías
    Borja Mejías
  • 20 may
  • 2 min de lectura

Hay objetos que no llegan simplemente para ser usados. Llegan para acompañarte.


Mi primera estilográfica fue una de esas presencias silenciosas que, sin hacer ruido, terminan formando parte de tu día a día.


Era una Lamy Safari Vista. Transparente. Sencilla. Sin artificios. Me la regaló mi hermano en 2020, cuando entré en la universidad. Podría haber sido un bolígrafo más, un detalle práctico para una nueva etapa. Pero no lo fue.


Desde el principio tuvo algo distinto.


Quizá era la forma de sujetarla. O la manera en la que el plumín se deslizaba sobre el papel sin necesidad de apretar. O ese gesto casi ritual de destaparla antes de empezar a escribir.


Sea lo que sea, escribir dejó de ser automático.


Y eso lo cambió todo.


Porque con una estilográfica no se escribe igual. No puedes hacerlo. Te obliga a bajar el ritmo, a prestar atención, a ser consciente de cada palabra. La tinta fluye si tú acompañas, no si fuerzas. Es una escritura que no entiende de prisas.


Y en medio de una vida que muchas veces va demasiado rápido, eso se agradece.


Desde entonces, me ha acompañado en todo. Apuntes de clase, esquemas, ideas sueltas, partituras, páginas de diario… todo ha pasado por ese plumín. Ha estado en lo cotidiano, en lo importante y también en lo aparentemente insignificante.


Y quizá por eso ha terminado siendo más que una herramienta.


Se ha convertido en una forma de estar.


Hay algo especial en ver la tinta recorrer el interior transparente del cuerpo, en saber que lo que escribes no es inmediato ni desechable. Que queda. Que tiene un peso distinto.


Con el tiempo, uno se acostumbra. Pero no del todo.


Porque incluso hoy, cada vez que la destapo, hay un pequeño recordatorio: escribir puede ser algo más que llenar un papel.


Puede ser detenerse.




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