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Lamy Studio

  • Foto del escritor: Borja Mejías
    Borja Mejías
  • 7 abr
  • 3 Min. de lectura

Hay objetos que no se compran, sino que te encuentran. Eso fue exactamente lo que me ocurrió con mi Lamy Studio.


La descubrí casi por casualidad en el aeropuerto de Fiumicino. Caminaba hacia mi puerta de embarque, con esa mezcla extraña de cansancio y nostalgia que siempre deja Roma cuando uno se va. Me detuve en una tienda sin demasiada intención, curioseando entre carteras y cuadernos, hasta que una estantería captó mi atención: plumas de Lamy alineadas con esa sobriedad elegante tan característica.


Y allí estaba ella: la Studio.


No fue una decisión racional. Fue más bien una especie de intuición estética. Su diseño limpio, su equilibrio entre lo moderno y lo clásico, y ese aire discreto pero seguro de sí mismo hicieron que destacara entre todas las demás.


Pero lo que realmente la hace especial no es su diseño. La compré en un momento muy concreto: volvía a España después de una semana en Roma en la que me había presentado a la prueba de acceso al Pontificio Instituto de Música Sacra (del que podría hablar otro día), en la especialidad de órgano. Una semana intensa, llena de nervios, ilusión, música y también de incertidumbre.


Esa pluma se convirtió, sin yo saberlo en ese momento, en una especie de testigo silencioso de todo aquello.



Desde entonces, cada vez que la utilizo, no es solo tinta lo que fluye. Es el recuerdo de Roma, de sus iglesias, de sus órganos, del peso de una prueba importante y de la esperanza que la acompañaba. Es, de alguna manera, una prolongación de ese viaje.


Quizá por eso escribo diferente con ella. Más despacio. Más consciente. Como si cada palabra tuviera que estar a la altura de aquel momento.


Después de todo lo que significa para mí, la pregunta inevitable es: ¿qué tal escribe realmente la Lamy Studio?


La respuesta corta es sencilla: es una pluma que cumple con elegancia.


La Lamy Studio destaca por un equilibrio muy logrado entre diseño y funcionalidad. En mano se siente sólida, con un peso que transmite calidad sin resultar excesivo en sesiones largas de escritura. Es una pluma que invita a escribir despacio, pero sin cansar.


El plumín (en mi caso, de trazo medio) ofrece una escritura suave y constante. No es excesivamente húmedo, lo cual la hace bastante versátil para distintos tipos de papel, pero mantiene un flujo suficiente para que la escritura sea agradable y fluida. No rasca, no salta: simplemente responde.


Uno de los detalles más característicos es su agarre metálico. Puede resultar algo resbaladizo al principio, especialmente si estás acostumbrado a secciones más tradicionales, pero con el uso se convierte en algo natural. Forma parte de esa personalidad moderna que tiene la pluma.


En cuanto al diseño, es donde realmente brilla. La Studio tiene una estética minimalista, casi arquitectónica, con líneas limpias y un clip que es, probablemente, uno de los más reconocibles de Lamy. Es una pluma discreta, pero con carácter.


Como punto menos favorable, precisamente ese acabado metálico puede no ser del gusto de todo el mundo, y en sesiones muy largas puede hacerse un poco frío o deslizante. No es incómodo, pero sí es algo a tener en cuenta.


En conjunto, es una pluma muy equilibrada: fiable en el día a día, elegante sin llamar la atención en exceso y con una calidad de escritura que acompaña sin imponerse.


Quizás no sea una pluma “espectacular”. Pero es, sin duda, una pluma a la que apetece volver. Bien por su ficha técnica, bien por la historia con la que cuenta.

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