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El Triduo Pascual: Vigilia Paschalis

  • Foto del escritor: Borja Mejías
    Borja Mejías
  • 4 abr
  • 11 Min. de lectura

Actualizado: 8 abr



«EXULTEN por fin los coros de los ángeles,

exulten las jerarquías del cielo

y, por la victoria de Rey tan poderoso,

que las trompetas anuncien la salvación.

Goce también la tierra,

inundada de tanta claridad,

y que, radiante con el fulgor del Rey eterno,

se sienta libre de la tiniebla

que cubría el orbe entero.

Alégrese también nuestra madre la Iglesia

revestida de luz tan brillante;

resuene este templo con las aclamaciones del pueblo.


[Por eso, queridos hermanos,

que asistís a la admirable claridad de esta luz santa,

invocad conmigo la misericordia de Dios omnipotente,

para que aquel que, sin mérito mío,

me agregó al número de sus diáconos,

infundiendo el resplandor de su luz,

me ayude a cantar las alabanzas de este cirio.


  • El Señor esté con vosotros.

  • Y con tu espíritu.]

  • Levantemos el corazón.

  • Lo tenemos levantado hacia el Señor.

  • Demos gracias al Señor, nuestro Dios.

  • Es justo y necesario.


En verdad es justo y necesario

aclamar con nuestras voces

y con todo el afecto del corazón

a Dios invisible, el Padre todopoderoso,

y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre

la deuda de Adán

y, derramando su sangre,

canceló el recibo del antiguo pecado.


Porque éstas son las fiestas de Pascua,

en las que se inmola el verdadero Cordero,

cuya sangre consagra las puertas de los fieles.


Esta es la noche

en que sacaste de Egipto

a los israelitas, nuestros padres,

y los hiciste pasar a pie el mar Rojo.


Esta es la noche

en que la columna de fuego

esclareció las tinieblas del pecado.


Esta es la noche

en que, por toda la tierra,

los que confiesan su fe en Cristo

son arrancados de los vicios del mundo

y de la oscuridad del pecado,

son restituidos a la gracia

y son agregados a los santos.


Esta es la noche

en que, rotas las cadenas de la muerte,

Cristo asciende victorioso del abismo.


¿De qué nos serviría haber nacido

si no hubiéramos sido rescatados?

¡Que asombroso beneficio de tu amor por nosotros!

¡Qué incomparable ternura y caridad!

¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!

Necesario fue el pecado de Adán,

que ha sido borrado por la muerte de Cristo.

¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!


¡Qué noche tan dichosa!

Solo ella conoció el momento

en que Cristo resucitó de entre los muertos.


Esta es la noche

de la que estaba escrito:

«Será la noche clara como el día,

la noche iluminada por mi gozo».

Y así, esta noche santa

ahuyenta los pecados,

lava las culpas,

devuelve la inocencia a los caídos,

la alegría a los tristes,

expulsa el odio,

trae la concordia,

doblega a los poderosos.


En esta noche de gracia

acepta, Padre santo,

este sacrificio vespertino de alabanza,

que la santa Iglesia te ofrece

por medio de sus ministros

en la solemne ofrenda de este cirio,

hecho con cera de abejas.

Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego,

ardiendo en llama viva para la gloria de Dios.

Y aunque distribuye su luz,

no mengua al repartirla.

Porque se alimenta de esta cera fundida,

que elaboró la abeja fecunda

para hacer esta lámpara preciosa.


¡Qué noche tan dichosa,

en que se une el cielo con la tierra,

lo humano con lo divino!


Te rogamos, Señor, que este cirio,

consagrado a tu nombre,

arda sin apagarse para destruir la oscuridad de esta noche.

Y, como ofrenda agradable,

se asocie a las lumbreras del cielo.

Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo:

ese lucero que no conoce ocaso,

y es Cristo, tu Hijo resucitado,

que, al salir del sepulcro,

brilla sereno para el linaje humano,

y vive y reina glorioso

por los siglos de los siglos».


Después de leer el Pregón Pascual (antiguamente conocido como la “Angélica”), quizá poco quede por decir, porque en él se nos revela con plenitud el sentido profundo de esta Noche Santa. En él resuena ya toda la luz, toda la esperanza y toda la gloria de esta noche. En sus palabras se encierra toda la grandeza del misterio que celebramos. Habría que hacer una entrada única y exclusiva para el texto. Por ello, y dada su importancia, he querido comenzar esta última publicación de la serie con el texto de la Angélica.


Nos detenemos para estudiar brevemente la riqueza de la liturgia de la Vigilia Pascual y la teología que enmarca. Seguiremos teniendo como principal fuente bibliográfica el Misal Romano y el Calendario Litúrgico-Pastoral 2026.


«Según una antiquísima tradición, esta es una noche de vela en honor del Señor, y la Vigilia que tiene lugar en la misma, conmemorando la Noche Santa en la que el Señor resucitó, ha de considerarse como «la madre de todas las Santas Vigilias» (san Agustín). Durante la Vigilia, la Iglesia espera la resurrección del Señor y la celebra con los sacramentos de la iniciación cristiana (CO, n. 332). Los fieles, tal como lo recomienda el Evangelio (Lc 12, 35-48), deben asemejarse a los criados que con las lámparas encendidas en sus manos esperan el retorno de su Señor, para que, cuando llegue, los encuentre en vela y los invite a sentarse a su mesa. Esta vigilia es figura de la Pascua auténtica de Cristo, de la noche de la verdadera liberación, en la cual, «rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo» (pregón pascual)…» (Cf. Calendario Litúrgico-Pastoral 2026). Dentro de la celebración de la Pascua judía o Pésaj, durante la cena pascual, existe la tradición de dejar una copa y un lugar vacío en la mesa para el profeta Elías. Esto simboliza la esperanza en su llegada como precursor del Mesías. Esto refleja esa misma idea de espera vigilante y esperanza en la venida que aparece en el Éxodo y el Evangelio de Lucas.


La Vigilia de esta noche ha de ser una sola en cada iglesia, pues es la mayor y más noble de todas las solemnidades. Esto lo vemos en el anuncio de las fiestas móviles del año que tiene lugar el 6 de enero:


«Centro de todo el año litúrgico es el Triduo pascual del Señor crucificado, sepultado y resucitado, que este año culminará en la noche santa de Pascua que, con gozo, celebraremos el día [–]. Cada domingo, Pascua semanal, la santa Iglesia hará presente este mismo acontecimiento, en el cual Cristo ha vencido al pecado y la muerte. De la Pascua fluyen, como de su manantial, todos los demás días santos: el Miércoles de Ceniza, comienzo de la Cuaresma, que celebraremos el día [–]. La Ascensión del Señor, que este año será el [–]. El Domingo de Pentecostés, que este año coincidirá con el día [–]. El primer domingo de Adviento, que celebraremos el día [–]. También en las fiestas de la Virgen María, Madre de Dios, de los apóstoles, de los santos y en la conmemoración de todos los fieles difuntos, la Iglesia, peregrina en la tierra, proclama la Pascua de su Señor».


Se desarrolla de la siguiente manera: después del lucernario y el pregón pascual (que es la primera parte de la Vigilia), la santa Iglesia, llena de fe en la palabra y en las promesas del Señor, contempla las maravillas que el Señor Dios realizó desde el principio en favor de su pueblo (segunda parte o liturgia de la Palabra), hasta que, al acercarse el día y acompañada ya de sus nuevos hijos renacidos en el Bautismo (tercera parte), es invitada a la mesa que el Señor ha preparado para su pueblo como memorial de su muerte y resurrección hasta que vuelva (cuarta parte).


Hay que tener en cuenta que al tratarse de la Noche Santa, la Vigilia debe hacerse durante la noche. Por ello no debe escogerse ni una hora tan temprana que la Vigilia empiece antes del inicio de la noche, ni tan tardía que concluya después del alba del domingo. Es una noche de salvación.


Vayamos al comienzo. Para la primera parte, han de prepararse velas para todos los fieles que participen en la Vigilia. La Iglesia permanece en oscuridad desde las celebraciones del Viernes Santo y los Oficios de Tinieblas.


En un lugar adecuado, fuera de la iglesia, se enciende una hoguera. Congregado allí el pueblo, llega el sacerdote con los ministros. Uno de ellos lleva el cirio pascual. Da comienzo el solemne comienzo de la Vigilia con el lucernario, la bendición del fuego y la preparación del cirio.


Después de hacer una breve monición sobre el sentido de la Vigilia y bendecir el fuego de la hoguera, el celebrante señala la cruz del cirio. Traza en la parte superior de esta cruz la letra griega alfa, y debajo la omega; en los ángulos que forman los brazos de la cruz traza los cuatro números del año en curso. Acabada la incisión de la cruz y de los otro signos, puede incrustar en el cirio cinco granos de incienso, en forma de cruz.


Encendido el cirio con el fuego nuevo, uno de los ministros toma carbones encendidos del fuego y los pone en el incensario. El sacerdote impone el incienso. Sin ciriales, pues procesiona el cirio pascual, va el turiferario, el sacerdote con los ministros y el pueblo, llevando todos las velas apagadas. A continuación, tiene lugar la procesión hasta la iglesia.


A la puerta de la iglesia, levantando el cirio, el ministro que lo lleva canta el Lumen Christi, a lo que el pueblo responde: Deo Gratias. Ahí, el sacerdote enciende su vela del cirio pascual. Después, en el centro de la iglesia se vuelve a cantar. Ahora es el pueblo el que enciende sus velas del cirio. Al llegar el cirio al altar, vuelto al pueblo, se canta por tercera vez. Se coloca entonces el cirio pascual sobre un candelero solemne colocado junto al ambón en medio del presbiterio. Después de inciensarlo, se anuncia el Pregón Pascual.


Es importante recalcar el punto 19 del Misal. El pregón pascual puede ser anunciado, en ausencia del diácono, por le mismo sacerdote […]. Si, por necesidad, anuncia el pregón un cantor laico, omite las palabras Por eso, queridos hermanos, hasta el fin de la invitación, y el saludo El Señor esté con vosotros.


Anunciada la Pascua, pasamos a la Liturgia de la Palabra. En la «Madre de todas las vigilias», se proponen nueve lecturas: siete del Antiguo Testamento y dos del Nuevo (Epístola y Evangelio), que se han de leer todas donde sea posible, para salvaguardar la índole de la Vigilia.


Apagadas las velas, se hace una breve monición y siguen las lecturas. El lector se dirige al ambón y lee la primera de ellas. Seguidamente el salmista o un cantor dice el salmo, proclamando el pueblo la respuesta. Acabado el salmo, todos se levantan y el sacerdote dice: Oremos, y, después de que todos han orado en silencio durante algún tiempo, dice la oración correspondiente a la lectura. Esto se repite en el resto de lecturas.


En la primera lectura tenemos el relato de la creación y el salmo “Envía tu Espíritu, Señor”.


Después la segunda lectura, El sacrificio de Abrahán, con el salmo 15.


La tercera lectura es una de las más importantes. Aquí tenemos el núcleo histórico de lo que celebramos. El paso del mar Rojo del pueblo de Israel escapando del Faraón. “Pascua” significa “Paso”. Es el acontecimiento que recuerdan los judíos cada año. Gracias a Cristo, nuestro “paso” ya no es de Egipto a la libertad, sino de la muerte a la Resurrección. Con esta lectura, se enlaza el cántico de Moisés (Éx 15), “Cantemos al Señor, sublime es su victoria”.


La cuarta lectura, La nueva Jerusalén (Is 54, 5-14) lleva el salmo 29.


La quinta lectura, La salvación que se ofrece gratuitamente a todos (Is 55, 1-11), conlleva el cántico de Isaías 12, “Sacaréis aguas con gozo”.


Con la sexta lectura, La fuente de la sabiduría (Bar 3, 9-15), se ubica el salmo 18 (Señor, tú tienes palabras de vida eterna).


Con la séptima lectura, El corazón nuevo y el espíritu nuevo, de Ezequiel y el salmo 41-42, se encienden los cirios del altar y el sacerdote entona el himno Gloria a Dios, que se canta mientras se hacen sonar las campanas.


Acabado el Gloria, el lector proclama la epístola del Apóstol San Pablo. Acabada, todos se levantan y el sacerdote entona solemnemente por tres veces el Aleluya que repiten todos.


En la Liturgia Papal, hay una peculiaridad: al finalizar la lectura de la carta de San Pablo, un diácono se acerca al papa y dice “Os anuncio un gran gozo: el aleluya”. El canto de alabanza del que ayunó la Iglesia desde el Miércoles de Ceniza, vuelve a sonar. Se canta el salmo 117, cuya antífona es el Aleluya. Un aleluya que se dice tres veces subiendo de tono de voz.


Entonces se proclama el Evangelio para dar paso a la tercera parte de la Vigilia.


Vemos como el orden de las lecturas tiene un orden ascendente y un itinerario pasando por todos los acontecimientos de la historia de la Salvación, haciendo ver cómo Dios ha ido preparando la victoria de Cristo. Al igual que en la Pascua judía, se recuerda la acción salvadora de Dios. Las oraciones de cada una nos actualiza el sentido de las mismas lecturas. «Noche santa y dichosa para celebrar las cadenas rotas de la muerte. Contemplamos la historia de la salvación, desde la creación hasta la gran profecía del corazón nuevo, y en el centro el paso del mar en medio de la noche con el canto final de liberación. Creación y liberación se unen en un mismo designio divino, y nosotros vamos respondiendo con el canto de los salmos alabando con el corazón. En cuerpo y alma renovados para entregarnos al servicio del Dios que ilumina esta noche. Todo culmina con la proclamación de la resurrección a las mujeres en la mañana de aquel primer domingo» (Cf. Calendario Litúrgico-Pastoral 2026, p. 154). Como diría San Agustín: “Lo que en el Antiguo Testamento era figura, en Cristo es realidad”.


Después de la homilía se procede a la liturgia bautismal. Si hay procesión al baptisterio o a la fuente, se organiza inmediatamente. Durante la procesión se cantan las letanías de los santos.


La liturgia de esta Noche prevé dos posibles situaciones. Si hay bautismos, o si únicamente se bendice la fuente sin bautismos. Cada situación con sus oraciones y cantos propios. Deberemos anticiparnos al momento para saber qué opción elegir.


Dos cantores entonan las letanías a las que todos responden estando de pie (por razón del tiempo pascual). Dependiendo de si la procesión hasta el baptisterio es larga, las letanías se cantan durante dicha procesión. En las letanías se pueden añadir algunos nombres de santos, especialmente el del titular de la iglesia, el de los patronos del lugar y el de los que van a ser bautizados.


A continuación se bendice el agua bautismal, en la que se introduce el cirio pascual hasta tres veces. Antiguamente, además de introducir el cirio, existía la tradición de derramar cera en el agua, para significar que el cirio penetra y fecunda el agua para que dé abundantes hijos de Dios (Cf. https://www.ediciones72.com/detalle-otros-textos.php?id=423.).


Terminada la bendición del agua bautismal con la consiguiente aclamación del pueblo (Manantiales, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos), continúa el rito del bautismo y de la confirmación (si la hubiera).


De esta forma, se expresa una verdad central: por el Bautismo, el cristiano participa en la muerte y resurrección de Jesucristo.


En la otra situación que prevé el Misal, es cuando no hay bautizos ni se bendice la fuente bautismal. En este caso se bendice el agua común.


Acabado los ritos, todos renuevan las promesas del bautismo. Después del interrogatorio, el sacerdote asperja al pueblo con agua bendita mientras la asamblea hace un canto de índole bautismal.


Entonces, el sacerdote va al altar y comienza la liturgia eucarística como de costumbre. Oportunamente, en la comunión se canta el salmo 117.


Para terminar la Vigilia, el celebrante canta de forma muy solemne: Podéis ir en paz, aleluya, aleluya. Y todos responden: Demos gracias a Dios, aleluya, aleluya. Esto se observa durante toda la Octava de Pascua.


El cirio pascual, simbolizando a Cristo resucitado, se enciende en todas las celebraciones litúrgicas más solemnes de este tiempo.


Toda la estructura de la Vigilia está construida sobre un gran símbolo. La Vigilia comienza en la noche en la que se enciende una llama. La luz crece y todo culmina en la alegría pascual. Es el paso de la oscuridad a la luz. Este dinamismo expresa visiblemente lo que ha ocurrido en la Resurrección.


De esta forma, la Resurrección no es un regreso a la vida anterior, sino una transformación radical. Cristo inaugura una vida nueva, definitiva, que ya no está sometida a la muerte. Es el inicio de una nueva creación.


En la noche más oscura, Dios enciende una luz que ya no se apagará. La muerte ha sido vencida para siempre.


Muchas gracias por leer. FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN.

- Borja Mejías

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