El Triduo Pascual: Misa in Coena Domini
- Borja Mejías
- 26 mar
- 8 Min. de lectura
Actualizado: 8 abr

«Con la misa que tiene lugar en las horas vespertinas del jueves de la Semana Santa, la Iglesia comienza el Triduo pascual y evoca aquella Cena en la cual el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, habiendo amado hasta el extremo a los suyos que estaban en el mundo, ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino y los entregó a los apóstoles para que los sumiesen, mandándoles que ellos y sus sucesores en el sacerdocio también lo ofreciesen (Cæremoniale Episcoporum, n. 297). Toda la atención del espíritu debe centrarse en los misterios que se recuerdan en la Misa: es decir, la institución de la Eucaristía, la institución del Orden sacerdotal y el mandamiento del Señor sobre la caridad fraterna; son estos los puntos que conviene recordar a los fieles en la homilía, para que tan grandes misterios puedan penetrar más profundamente en su piedad y los vivan intensamente en sus costumbres y en su vida» (Cf. CLP2026, p. 143).
Como decíamos en la introducción, la Iglesia celebra solemnemente los más grandes misterios de nuestra redención en el Triduo sacro, haciendo memoria de su Señor crucificado, sepultado y resucitado, con celebraciones especiales (Cf. Sagrado Triduo Pascual, 1. Misal Romano). El Jueves Santo es la primera de ellas.
Podríamos decir que esta misa no es solo el recuerdo de una cena, sino la anticipación sacramental de la Cruz. En este contexto, Cristo se entrega libremente, dejando a la Iglesia el memorial perpetuo de su sacrificio.
Los relatos de la Última Cena aparecen en los evangelios sinópticos y en la tradición paulina. Tenemos relatos en el Evangelio de San Mateo (26, 17-29); Evangelio de San Marcos (14, 12-15); Evangelio de San Lucas (22, 7-20); Primera Carta de San Pablo a los Corintios (11, 23-26). Este último relato, es el elegido como el más apropiado para entender cómo fue la Última Cena al considerarse el testimonio más antiguo escrito del Nuevo Testamento sobre este sacramento, anterior incluso a los evangelios sinópticos. (Maccoby, Hyam. “Paul and the Eucharist.” New Testament Studies 37, no. 2 (1991): 247–67. https://doi.org/10.1017/S002868850001568X.)
Por otro lado, el Evangelio de San Juan no relata la institución de la Eucaristía de forma explícita, pues nos encontramos con el discurso del Pan de Vida (Jn 6, 22-59) y el lavatorio de los pies (Jn, 13, 1-15).
En la Última Cena, Jesucristo toma el pan y el vino y pronuncia las palabras que constituyen el núcleo de la fe eucarística: “Esto es mi Cuerpo… esta es mi Sangre”.
Aquí se instituye la Eucaristía como memorial vivo de su sacrificio. No es un simple símbolo, sino la presencia real de Cristo que se entrega por la salvación del mundo.
Cada celebración eucarística actualiza sacramentalmente este momento, haciendo presente y el mismo sacrificio de la Cruz de manera incruenta y haciendo eficaz su gracia en el momento actual de la vida del creyente.
En efecto, como afirma el Concilio Vaticano II, «Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y su Sangre, para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual “en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura”» (Sacrosanctum Concilium, 47).
Con todo, unida inseparablemente a la Eucaristía está la institución del sacerdocio ministerial. Cuando Cristo dice “haced esto en memoria mía”, confía a los apóstoles la misión de perpetuar este misterio a lo largo del tiempo.
El sacerdocio nace, por tanto, en el contexto de la entrega de Cristo, y su razón de ser es servir al pueblo de Dios haciendo presente la Eucaristía.
El Jueves Santo es también, por ello, un día especialmente significativo para orar por los sacerdotes y por las vocaciones.
Ahora, a grandes rasgos, veremos resumidamente las características de esta celebración, para después pasar a estudiar de forma más pormenorizada cada uno de los elementos:
«Esta misa se celebra como de costumbre, pero con algunas peculiaridades que destacamos:
1.- Antes de la Misa se retira el Santísimo Sacramento. No debe estar reservado en el sagrario de ninguna iglesia.
2.- Durante todo el Gloria se hacen tocar todas las campanas. Al finalizar, deben callar.
3.- Después de la homilía, se hace el lavatorio de los pies a doce personas.
4.- Después de la comunión se deja el copón sobre el altar. Tras la oración después de la comunión, se lleva el copón con el Santísimo Sacramento con el velo humeral y en procesión hasta una capilla especialmente preparada para dejar el Cuerpo de Cristo guardado hasta la siguiente celebración» (Cf. Jueves Santo, Liturgia Papal).
Veamos ahora el Ordo Missae de la Misa vespertina del Jueves Santo en la Cena del Señor:
«Por la tarde, en la hora más oportuna, se celebra la misa de la Cena del Señor, en la que participa plenamente toda la comunidad local y en la que todos los sacerdotes y ministros ejercen su propio oficio. […] La sagrada comunión solamente se puede distribuir a los fieles dentro de la misa; a los enfermos se les puede llevar a cualquier hora del día. En cuanto a las flores, adórnese el altar con la moderación conveniente al carácter de este día. El sagrario ha de estar completamente vacío; se ha de consagrar en esta misa suficiente pan para que el clero y el pueblo puedan comulgar en el día y al día siguiente» (Cf. Misal Romano, Jueves Santo en la Cena del Señor. Misa vespertina, nn. 1, 4, 5).
Después del canto de entrada (Nosotros hemos de gloriarnos es la antífona de entrada) y los ritos iniciales, se canta el Gloria. Mientras se canta el himno, se hacen sonar las campanas, que ya no se vuelven a tocar hasta la Vigilia pascual. Así mismo, durante este tiempo puede usarse el órgano y otros instrumentos musicales solo para sostener el canto (Cf. Misal Romano, Jueves Santo en la Cena del Señor. Misa vespertina, n. 7). Posteriormente se hace la oración colecta y continúa con la Liturgia de la Palabra.
Terminada la homilía, se procede al lavatorio de los pies donde lo aconseje el bien pastoral (Cf. Misal Romano, Jueves Santo en la Cena del Señor. Misa vespertina, n. 10). Es optativo, pero muy recomendable.
El gesto del lavatorio de los pies, narrado por el Evangelio de San Juan, condensa de manera visible la enseñanza de Cristo.
Jesucristo, el Señor, se abaja hasta el gesto propio de un siervo, que ha venido «no para ser servido, sino para servir» (Mt 20, 28). Con ello no solo da ejemplo, sino que establece un mandato: “Amaos unos a otros como yo os he amado”.
Este amor no es teórico ni sentimental, sino concreto, humilde y sacrificial. Es el mismo amor que se hace presente en la Eucaristía.
Mientras tiene lugar el lavatorio, en el punto 12 del Misal, se propone que se canten algunas de las siguientes antífonas o algún otro canto apropiado:
El Señor, después de levantarse de la Cena, echó agua en la jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos. Éste fue el ejemplo que les dejó.
El Señor Jesús, después de haber cenado con sus discípulos, les lavó los pies y les dijo: «Comprendéis lo que yo, Señor y Maestro, he hecho con vosotros? Os he dado ejemplo para que vosotros también lo hagáis».
[…]
A continuación, sigue la misa de la forma acostumbrada, haciendo especial hincapié en el amor fraterno, la institución de la Eucaristía, el sacrificio de Cristo y la institución del Orden. Tenemos antífonas propias como el Ubi caritas.
Una vez llegados el rito de comunión, si se estima oportuno, el sacerdote entrega la Eucaristía tomada de la mesa del altar a los diáconos, acólitos u otros ministros extraordinarios, para que seguidamente sea llevada a los enfermos que han de comulgar en casa (Cf. Misal Romano, Jueves Santo en la Cena del Señor. Misa vespertina, n. 33).
«Acabada la distribución de la comunión, se deja sobre el altar el píxide (recipiente pequeño y circular, comúnmente con tapa, utilizado en la liturgia guardar o transportar la hostia consagrada, especialmente para los enfermos) con el pan consagrado para la comunión del día siguiente. La misa acaba con la oración después de la comunión (Cf. Misal Romano, Jueves Santo en la Cena del Señor. Misa vespertina, n. 35).
Tras la Misa, la Iglesia invita a acompañar a Cristo en su oración en el huerto de Getsemaní. Este momento se prolonga en la adoración al Santísimo en el sagrario.
Aquí se revive espiritualmente la soledad de Jesucristo antes de su Pasión, cuando pide a sus discípulos: “Velad y orad”.
Es un tiempo de silencio, contemplación y compañía, que contrasta con la intensidad de la celebración previa.
Por ello, dicha la oración después de la comunión, el sacerdote, inciensa tres veces el Santísimo Sacramento en el altar. Toma la píxide y se organiza la procesión, en la que, en medio de cirios e incienso, se lleva el Santísimo Sacramento por la iglesia hasta el lugar de la reserva. Mientras tanto, se canta el himno Pange Lingua (Que la lengua humana, en castellano) exceptuando las dos últimas estrofas, o en su defecto, otro canto eucarístico. Después, el sacerdote deposita la píxide en el tabernáculo y la inciensa con la puerta abierta. Mientras, se canta el Tantum ergo. Se cierra la puerta del sagrario y después de un tiempo de adoración en silencio, el sacerdote y los ministros, hecha la genuflexión, vuelven a la sacristía (Cf. Misal Romano, Jueves Santo en la Cena del Señor. Misa vespertina, nn. 37-39). No hay música de salida, no hay despedida.
Como decíamos en la introducción, observamos como el Triduo pascual es una única realidad celebrativa que se despliega en tres días formando una unidad profunda e inseparable que solo puede comprenderse adecuadamente en su conjunto. El Jueves Santo no termina todo. Continúa. Y eso se deja ver también en la liturgia.
Según el Misal, el punto 41 dice: «Oportunamente se despoja el altar y se quitan, si es posible, las cruces de la iglesia. Si quedan algunas cruces en la iglesia, conviene que se cubran con un velo».
Esto no es un simple gesto práctico, sino un signo profundamente cristológico. El altar representa a Jesucristo, y su despojo anticipa lo que va a suceder en la Pasión: Cristo será despojado de sus vestiduras, humillado y entregado.
La liturgia, por tanto, no solo recuerda, sino que hace visible sacramentalmente ese despojo. La belleza desaparece, la solemnidad se apaga, y todo queda reducido a lo esencial: el sacrificio que viviremos el Viernes Santo.
A partir de este momento, el templo entra en una especie de “silencio visual y simbólico”. Sin Eucaristía, sin adornos, sin luz festiva… la Iglesia introduce al fiel en la experiencia de la ausencia de Cristo, que será total al día siguiente. Es una forma de educar el corazón para comprender que algo grave está ocurriendo: el Esposo va a ser arrebatado.
Cubrir la cruz no es quitarla, sino subrayar su profundidad. Es una forma de decir: lo que aquí se representa está ocurriendo ahora de manera real y dramática.
«Exhórtese a los fieles a que dediquen algún tiempo de esta noche, según las circunstancias y costumbres de cada lugar, a la adoración del Santísimo Sacramento. Esta adoración, con todo, si se prolonga más allá de la medianoche, debe hacerse sin solemnidad» (Cf. Misal Romano, Jueves Santo en la Cena del Señor. Misa vespertina, n. 43).
Durante siglos, y aún hoy en muchos lugares, los fieles recorren distintas iglesias en la noche del Jueves Santo, deteniéndose en oración ante el Señor. Es aquí donde, providencialmente, en lugares como Sevilla o Jerez de la Frontera, la religiosidad popular ofrece una expresión única. Durante la madrugada, se celebran varias procesiones recordando estos misterios. Lejos de ser algo paralelo o ajeno, puede entenderse como una prolongación (en otro lenguaje) de esa invitación a velar con Cristo. La Iglesia, en su sabiduría, permite que convivan ambos modos, porque ambos responden a una misma llamada: la de no dejar solo a Cristo en la noche de su entrega.
Con todos estos signos, la Iglesia no se limita a narrar la Pasión, sino que acompaña a Jesucristo en su camino. Se despoja con Él. Se queda en silencio con Él, y oculta su gloria como Él la oculta en la Cruz. El templo mismo se convierte en un reflejo del drama que se está desarrollando.
- Borja Mejías
Calendario Litúrgico-Pastoral 2026: https://www.conferenciaepiscopal.es/wp-content/uploads/2026/01/Calendario-Liturgico-CEE-2026.pdf



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