top of page

La velación y el V Domingo de Cuaresma

  • Foto del escritor: Borja Mejías
    Borja Mejías
  • 21 mar
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 27 mar


“La costumbre de cubrir las cruces y las imágenes de la iglesia desde este domingo puede conservarse. Las cruces permanecerán cubiertas hasta después de la celebración de la Pasión del Señor, el Viernes Santo, y las imágenes hasta el comienzo de la Vigilia Pascual” (Misal Romano, V Domingo de Cuaresma).


Todos los años, al llegar el V Domingo de Cuaresma, algunas de nuestras iglesias experimentan un cambio que no deja indiferente a nadie: las imágenes sagradas aparecen cubiertas. Obsérvese, por ejemplo, la Cruz de Guía de la Hermandad de la Quinta Angustia de Sevilla, que realiza su Estación de Penitencia en la tarde del Jueves Santo.


Cristos, Vírgenes, retablos… quedan ocultos tras velos, generalmente de color morado o rojo (Cf. Congregación para el culto Divino, Normas sobre la Semana Santa, n. 57), (durante las celebraciones del Jueves Santo, el velo de la Cruz del altar mayor se puede sustituir por uno blanco). Es un gesto que puede llamar la atención, especialmente a quienes lo contemplan por primera vez, pero que encierra una profunda riqueza espiritual.


Esta práctica, marca el inicio del llamado “Tiempo de Pasión”, una intensificación del camino cuaresmal que nos conduce directamente hacia los misterios centrales de la fe: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.


Con todo, el hecho de cubrir las imágenes tiene un sentido profundamente pedagógico. La Iglesia, como madre y maestra, nos invita a experimentar la ausencia para despertar el deseo. Al privarnos de la contemplación habitual de las imágenes, se nos empuja a mirar hacia dentro, a centrar nuestra atención no tanto en lo visible, sino en el misterio que esas imágenes representan.


En cierto modo, este gesto litúrgico nos sitúa en el clima del Evangelio. A partir de estos días, la figura de Cristo comienza a ser progresivamente “escondida”, como ya anuncian los textos evangélicos en los que Jesús se oculta ante quienes quieren prenderle. La velación se convierte así en un signo visible de ese ocultamiento, de ese avanzar hacia la hora decisiva.


Pero hay también otro matiz importante: el de la espera. Las imágenes cubiertas generan una tensión contenida, un anhelo. Sabemos que volverán a mostrarse en todo su esplendor, especialmente en la celebración de la Vigilia Pascual. Y ese “volver a ver” adquiere entonces una fuerza mucho mayor. Lo que se nos ha negado durante unos días, se nos devuelve transformado, lleno de luz al momento del Gloria en la Vigilia.


En nuestras hermandades y templos, este gesto adquiere además una dimensión muy particular. Acostumbrados a la cercanía visual con nuestras devociones —esas imágenes ante las que rezamos, cantamos o simplemente permanecemos en silencio—, la velación supone un pequeño “ayuno de la mirada”. Un ayuno que, como todos en la vida cristiana, no es un fin en sí mismo, sino un medio para crecer en profundidad.


No obstante, cuando era obligatorio, se permitía llevar las imágenes descubiertas en las procesiones y exponer en la iglesia la Virgen Dolorosa con su Hijo muerto en los brazos el Jueves y Viernes Santo, así como que pudiera estar descubierta la Dolorosa en el altar el Viernes de Dolores (La Velación de las Cruces, Liturgia Papal).


Quizá por eso, cuando contemplamos un retablo cubierto, no deberíamos verlo como una ausencia, sino como una llamada. Una invitación a preparar el corazón, a entrar en el misterio con mayor hondura, a dejarnos conducir hacia la Pascua. Porque, al final, lo oculto en estos días no desaparece: se nos regala de otra manera.




BIBLIOGRAFÍA


Comentarios


© 2035 Creado por Actor y Modelo con Wix.com

bottom of page