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La Exaltación de la Santa Cruz

Foto del escritor: Borja Mejías
Borja Mejías
14 sept
10 min de lectura

«O Crux, ave, spes unica»: la Cruz que pasa de ser patíbulo a convertirse en trono


Cada 14 de septiembre, la Iglesia celebra una de esas fiestas cuyo significado parece, a primera vista, paradójico: la Exaltación de la Santa Cruz.


La palabra «exaltación» sorprende. ¿Qué puede significar exaltar una cruz? ¿Cómo puede la Iglesia celebrar solemnemente el instrumento de una muerte tan cruel? ¿Por qué aquello que para el mundo antiguo era signo de humillación, fracaso y condena se ha convertido para los cristianos en signo de gloria?


La respuesta se encuentra en el mismo corazón del cristianismo.


La Iglesia no exalta la cruz por sí misma, como si venerara un simple objeto de madera. Exalta la Cruz de Cristo porque en ella se manifestó el amor de Dios llevado hasta el extremo y porque en ella Cristo venció precisamente cuando, a los ojos del mundo, parecía estar derrotado.


Así lo explicaba el papa Francisco al preguntarse por qué la Iglesia celebra la Exaltación de la Santa Cruz: no se trata de exaltar cualquier cruz, sino la Cruz de Jesús, porque en ella se reveló de manera suprema el amor de Dios por la humanidad. La Cruz, que parecía ser el lugar del fracaso, se convirtió en el lugar de la victoria.


Y esta paradoja (muerte que produce vida, humillación que conduce a la gloria, derrota aparente que se convierte en victoria) constituye el hilo conductor que une profundamente la fiesta del 14 de septiembre con el Viernes Santo.


De hecho, si queremos comprender verdaderamente la Exaltación de la Santa Cruz, debemos volver al Calvario.


1. La Cruz: del instrumento de muerte al signo de salvación


La cruz fue originalmente un instrumento de suplicio. Y puede que con eso, caigamos en la crítica que hacía Nietzsche al Cristianismo al observar una inversión de valores. Valores que originalmente serían propios de la afirmación de la vida (fuerza, orgullo, poder, vitalidad) pasan a considerarse negativos, mientras que la humildad, el sufrimiento, la obediencia, la pobreza y el sacrificio pasan a ser virtudes.


La cruz, en el mundo romano, no era un símbolo religioso ni un objeto de devoción. Era un método de ejecución particularmente cruel y humillante, reservado especialmente para esclavos, rebeldes y personas consideradas indignas de una muerte honrosa.


Por eso resulta tan desconcertante que los primeros cristianos comenzaran a contemplar precisamente la Cruz como el signo de su esperanza. Lo encontramos por ejemplo en la kénosis del segundo capítulo de la carta de San Pablo a los Filipenses.


San Pablo expresa esta paradoja con una frase extraordinaria: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado» (cf. 1Corintios 1, 23). Mientras que en otro lugar llegará todavía más lejos: «Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (cf. Gálatas 6, 14).


La lógica cristiana había cambiado completamente. Pues la Cruz ya no podía contemplarse solamente desde aquello que había sucedido exteriormente en el Calvario. Había que contemplarla desde la Resurrección.


Porque el Viernes Santo no es el final. La muerte de Cristo es inseparable de su Resurrección. La Cruz es inseparable del sepulcro vacío. Y el Crucificado es inseparable del Resucitado.


Por eso la Iglesia puede mirar la Cruz y descubrir en ella algo que humanamente parece imposible: la gloria de Dios. La Cruz es el lugar donde el Hijo se entrega al Padre por amor a los hombres. Es el altar sobre el que se ofrece el verdadero Cordero. Es el árbol desde el que brota la vida. Es el trono paradójico del Rey. Es el lugar donde Cristo «reina» precisamente entregándose.


Esta es la razón profunda por la que la Iglesia puede decir: «O Crux, ave, spes unica» (Salve, oh Cruz, nuestra única esperanza).


2. «Es necesario que el Hijo del hombre sea elevado»


La liturgia de la Exaltación de la Santa Cruz nos coloca ante un texto decisivo del Evangelio de san Juan.


Jesús habla con Nicodemo y recuerda un episodio del Antiguo Testamento: la serpiente de bronce que Moisés levantó en el desierto. El pueblo de Israel había pecado y había sido mordido por serpientes. Dios ordenó a Moisés que levantara una serpiente de bronce sobre un mástil. Quien la miraba quedaba curado. Jesús interpreta aquel acontecimiento como una figura de su propia Cruz: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre». Aquí aparece una palabra fundamental: “levantado”.


En el Evangelio de san Juan, esta palabra tiene una doble resonancia. Cristo será levantado físicamente sobre la Cruz. Pero será también «levantado» en la gloria. La Cruz y la glorificación forman una única realidad. La humillación de Cristo conduce a su exaltación. Su descenso conduce a su gloria. Su entrega conduce a la vida.


Por eso inmediatamente después aparece uno de los versículos más conocidos de toda la Escritura: «Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único».


La Cruz, por tanto, no debe contemplarse solamente desde el sufrimiento. Debe contemplarse desde el amor. El sufrimiento explica lo que Cristo padeció. El amor explica por qué lo padeció. Y la Resurrección manifiesta el fruto definitivo de ese amor.


3. ¿Qué celebra exactamente la Iglesia el 14 de septiembre?


La fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz tiene una historia antigua y está vinculada especialmente a Jerusalén.


La tradición cristiana relacionó el descubrimiento de la Cruz con santa Elena, madre del emperador Constantino, en el siglo IV. Posteriormente, la historia de la reliquia quedó ligada también a la recuperación del Santo Madero después de la invasión persa de Jerusalén.


El papa León XIV recordó recientemente esta tradición al explicar que la fiesta conmemora el hallazgo del leño de la Cruz en Jerusalén en el siglo IV y la posterior restitución de la reliquia a la Ciudad Santa por el emperador Heraclio.


La historia de la fiesta está, por tanto, inseparablemente unida a Jerusalén y al Santo Sepulcro.


No se trata solamente de recordar una reliquia. La Cruz es venerada porque remite a un acontecimiento: Cristo murió realmente en ella. Por eso la tradición cristiana nunca separa la Cruz de Cristo. No veneramos la madera independientemente de Jesús. No veneramos el sufrimiento por el sufrimiento. No glorificamos el dolor. Veneramos a Cristo que, por amor, entregó su vida en la Cruz.


Aquí, encontramos el argumento contra la inversión de valores que mencionábamos antes y que defendía Nietzsche.


4. La paradoja cristiana: «regnavit a ligno Deus»


Una de las frases más impresionantes de la tradición litúrgica de la Cruz aparece en el himno Vexilla Regis: «Regnavit a ligno Deus» («Dios reinó desde el madero»).


Es difícil imaginar una afirmación más paradójica. Un rey reina desde un trono. Cristo reina desde la Cruz. Un rey aparece revestido de gloria. Cristo aparece desnudo y despojado. Un rey es rodeado por servidores. Cristo es abandonado y escarnecido. Un rey recibe homenajes. Cristo recibe una corona de espinas. Y, sin embargo, la Iglesia proclama: «Regnavit a ligno Deus».


Esta frase resume admirablemente toda la teología de la Exaltación de la Santa Cruz. El Evangelio había anunciado que Cristo sería «elevado». La liturgia contempla ahora esa elevación y descubre en ella un misterio de realeza.


El trono de Cristo es la Cruz. Su corona es de espinas. Su victoria consiste en entregarse. Su poder se manifiesta en el amor.


5. El Viernes Santo: cuando la Iglesia se detiene ante la Cruz


Para comprender el 14 de septiembre hay que volver al Viernes Santo. Tal y como vimos en la formación de la pasada Semana Santa, el Viernes Santo es uno de los días más sobrios de todo el año litúrgico. La Iglesia no celebra la Eucaristía. El altar permanece desnudo. No hay celebración de la Misa y la comunidad cristiana se reúne para escuchar la Pasión según san Juan, adorar la Cruz y recibir la Sagrada Comunión con las especies consagradas el día anterior, Jueves Santo.


Todo está marcado por una profunda austeridad. Y, sin embargo, precisamente en medio de esta austeridad aparece uno de los momentos más solemnes de todo el año: la adoración de la Santa Cruz. Ella entra en la celebración, se presenta ante los fieles, los cuales la adoran mientras cantan.


No se trata de una adoración dirigida a la madera como tal, sino a Cristo, cuya entrega está representada por ella.


El Misal Romano prevé durante la adoración de la Cruz el canto de la antífona «Tu Cruz adoramos, Señor», los Improperios, el himno Crux fidelis u otros cantos apropiados.


Aquí aparece algo de enorme importancia: la Iglesia canta ante la Cruz porque la Cruz no es únicamente un objeto que se contempla; es un misterio que debe ser proclamado.


6. «Crux fidelis»: la Cruz fiel


Y aquí llegamos a uno de los grandes tesoros de la liturgia de la Cruz: el Crux fidelis (Cruz fiel).


El nombre puede resultar extraño. ¿Por qué llamar «fiel» a una cruz? Porque la Cruz permanece fiel al misterio de la salvación. Pero, sobre todo, porque la Cruz es el instrumento elegido por Cristo para llevar hasta el extremo su entrega.


El texto comienza con una de las imágenes más hermosas de toda la poesía cristiana: «Crux fidelis, inter omnes arbor una nobilis». La Cruz es presentada como el árbol noble por excelencia. No hay otro árbol semejante. No produjo jamás el mundo una flor ni un fruto comparable al que brota de este árbol. Aquí llega la imagen del árbol. La Cruz es el árbol nuevo. Y Cristo es su fruto. Por Adán entró el pecado, con Cristo sobreabundó la gracia, afirmará San Pablo (cf. Romanos 5, 19-20).


El canto introduce entonces una paradoja todavía más desconcertante: «Dulce leño, dulces clavos…» ¿Cómo puede hablarse de «dulzura» cuando se está contemplando un instrumento de tortura?

Precisamente ahí está la genialidad teológica de Venancio Fortunato. El leño es «dulce» no porque el sufrimiento sea agradable. Los clavos no son «dulces» porque el dolor sea bueno. Son «dulces» por el fruto que producen. La Cruz es amarga en su aspecto histórico y doloroso, pero dulce por el fruto de salvación que de ella brota.


7. «Pange lingua»: la lengua que canta el combate de la Cruz


Aquí es necesario hacer una precisión importante: Cuando se habla de Crux fidelis, muchas veces se presenta como si fuera simplemente otro himno independiente junto a Vexilla Regis.


En realidad, la tradición litúrgica nos conduce a una relación mucho más rica. Crux fidelis es el célebre estribillo asociado al himno “Pange lingua gloriosi proelium certaminis”, también compuesto por Venancio Fortunato.


El comienzo de Pange lingua significa: «Canta, lengua, el combate glorioso…». Y continúa invitando a cantar el triunfo de la Cruz: «...y sobre el trofeo de la Cruz proclama el noble triunfo».


Es una expresión fundamental. La Cruz es contemplada como un “trofeo". La palabra procede del lenguaje de la victoria. La Iglesia contempla la Cruz como el lugar donde Cristo ha vencido. Y aquí encontramos de nuevo el gran contraste: Aparentemente, Cristo ha sido derrotado. Teológicamente, Cristo ha vencido. Aparentemente, el poder romano ha triunfado. Teológicamente, el pecado y la muerte están siendo derrotados. Aparentemente, Jesús está perdiendo la vida. En realidad, está entregando su vida. Por eso el himno habla de «combate» y «triunfo».


8. El árbol que devuelve lo que otro árbol quitó


Uno de los temas más bellos de Pange lingua es la comparación entre los dos árboles.


El primer árbol está relacionado con el pecado de Adán. El segundo árbol es la Cruz. El himno contempla así una especie de inversión de la historia humana: lo que un árbol había contribuido a perder, otro árbol viene a devolverlo. San Pablo, de nuevo. El pecado entra en el mundo mediante la desobediencia. La salvación llega mediante la obediencia de Cristo. La humanidad queda herida. Cristo ofrece su propia vida para sanarla. El primer Adán toma. El nuevo Adán se entrega.


Por eso la Cruz puede ser llamada árbol de la vida. Y esta imagen aparece repetidamente en la tradición cristiana, en la liturgia, en la predicación de los Padres de la Iglesia y en la iconografía.


9. «Vexilla Regis»: los estandartes del Rey avanzan


Si Crux fidelis nos hace entrar en el misterio de la Cruz desde la contemplación del árbol, Vexilla Regis introduce otra imagen extraordinariamente poderosa: la Cruz como estandarte real.


El propio título significa: «Avanzan los estandartes del Rey».


El himno fue compuesto por Venancio Fortunato en el siglo VI para una procesión vinculada a una reliquia de la Vera Cruz que llegó a Poitiers en el año 569, a petición de santa Radegunda.


Esto explica perfectamente su carácter procesional.

La Cruz que avanza y que no permanece escondida ni se oculta. La Cruz que se lleva solemnemente y que al frente de la procesión aparece el estandarte del Rey. Este estandarte es la Cruz.


Es una inversión completa de los símbolos humanos. Los ejércitos llevaban estandartes delante de sus tropas. El emperador llevaba sus insignias. Los vencedores exhibían sus trofeos. Y el cristianismo toma ese lenguaje y lo transforma: el estandarte de Cristo es la Cruz.


10. «Fulget Crucis mysterium»: resplandece el misterio de la Cruz


El primer verso de Vexilla Regis es: «Vexilla Regis prodeunt; fulget Crucis mysterium…» («Avanzan los estandartes del Rey; resplandece el misterio de la Cruz»).


Es difícil encontrar una síntesis más perfecta de la fiesta del 14 de septiembre. Pues la Cruz no es solamente algo que se muestra. La Cruz resplandece porque ha sido tocada por el misterio de Cristo. La gloria no está en la madera. La gloria está en Aquel que fue clavado en ella. La Cruz resplandece porque allí se revela el amor de Dios.


11. El Crucificado es el Creador


El himno continúa con otra paradoja: «Quo carne carnis conditor suspensus est patibulo»


El Creador de la carne está suspendido en la carne. El que creó el mundo aparece colgado del madero. El que dio la vida parece morir. El que sostiene el universo aparece sostenido por unos clavos. Esta es una de las grandes intuiciones de la teología cristiana sobre la Encarnación. El mismo Dios que creó al hombre se hizo verdaderamente hombre. Y como verdadero hombre aceptó la muerte. La Cruz manifiesta hasta dónde llega la Encarnación: Dios no salva al hombre desde lejos. Entra en nuestra condición asumiendo nuestra carne. Cargando con nuestro sufrimiento. Aceptando nuestra muerte. Y desde dentro de la muerte inaugura la vida nueva.

La Cruz no es simplemente una etapa desgraciada que debemos atravesar para llegar posteriormente a algo mejor. En Cristo, la Cruz misma se convierte en lugar de encuentro con Dios. No porque el sufrimiento sea bueno por sí mismo, sino porque el amor de Cristo puede transformar el sufrimiento en ofrenda.


Por eso el cristiano no busca el sufrimiento. Pero cuando el sufrimiento aparece, puede y debe unirlo a Cristo. Puede convertirlo en oración, en entrega, en un acto de amor.


La Cruz de Cristo enseña que incluso aquello que parece completamente perdido puede ser transformado por Dios.


12. La Cruz del Viernes Santo y la Cruz del 14 de septiembre


Aquí encontramos finalmente la relación entre las dos celebraciones y el resumen de esta publicación.


El Viernes Santo contemplamos la Cruz dentro del drama de la Pasión. El 14 de septiembre contemplamos la Cruz desde la perspectiva de su gloria.


El Viernes Santo escuchamos: «He aquí el madero de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo». Y respondemos: «Venid, adoremos». El 14 de septiembre contemplamos esa misma Cruz y proclamamos: «O Crux, ave, spes unica».


No hay contradicción, sino profundización. Porque la Iglesia sabe que el Crucificado es el Resucitado.


Podríamos expresarlo de esta manera: El Viernes Santo muestra la Cruz en su hora de dolor. La Exaltación de la Santa Cruz muestra la Cruz en su dimensión de gloria. Pero la Cruz no cambia. Lo que cambia es nuestra mirada.


El Viernes Santo vemos al Siervo sufriente, al Cordero, la sangre derramada, el silencio del Calvario. El 14 de septiembre vemos al Rey, al vencedor, a la fuente de la vida, al estandarte del Rey.

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