top of page

El Triduo Pascual: Introducción

  • Foto del escritor: Borja Mejías
    Borja Mejías
  • 24 mar
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 8 abr

Con esta entrada, inicio esta serie de 4 publicaciones sobre la Sagrada Liturgia que se celebra durante el “sacratísimo triduo del Crucificado, del Sepultado y del Resucitado”, o Triduo pascual, que se celebra desde la misa vespertina del Jueves en la cena del Señor hasta las Vísperas del Domingo de Resurrección, “en íntima comunión con Cristo su Esposo” (Cf. Página 135, Calendario Litúrgico-Pastoral 2026, en adelante CLP2026).


Comenzaremos con una aproximación global al Triduo Pascual, entendiendo las celebraciones de estos días como un todo unitario. Seguidamente, procederemos a un estudio particularizado de cada jornada, atendiendo tanto a su dimensión teológica como a su desarrollo litúrgico, con especial atención a las lecturas, las oraciones y el repertorio musical propio.


Nos centraremos en las celebraciones de la primera parte del Triduo (misa vespertina del Jueves Santo y celebraciones del Viernes y Sábado Santos durante el día). Éstas son intensamente sobrias; en cambio la Noche Santa de la Resurrección es una fiesta rebosante de alegría. El paso de la tristeza al gozo se expresa en la misma Vigilia pascual (Sábado Santo por la noche), celebración del tránsito de Cristo, de su muerte a su resurrección. Que se haga este paso en la liturgia es fundamental, para captar la realidad salvífica que se conmemora. La culminación del Triduo pascual es la Vigilia pascual, en la que hacemos memoria sacramental de la resurrección del Señor (Cf. CLP2026, 11, p. 137).


Me gustaría dar especial importancia, por ser uno de los temas principales de este estudio, a la mención que hace el Calendario Litúrgico-Pastoral a la dimensión musical: "Tiene una importancia especial en las celebraciones de la Semana Santa, y especialmente durante el Triduo pascual, el canto del pueblo, de los ministros y del sacerdote celebrante, porque es concorde a la solemnidad de dichos días y, también, porque los textos adquieren toda su fuerza precisamente cuando son cantados” (Cf. CLP2026, 15, p. 138).


Con la celebración de la institución de la Eucaristía, la institución del Orden sacerdotal y el mandamiento del Señor sobre la caridad fraterna, damos comienzo a los tres días más importantes del año litúrgico (Cf. Tabla de los días litúrgicos, CLP2026, p. 13).


<< Con la misa que tiene lugar en las horas vespertinas del jueves de la Semana Santa, la Iglesia comienza el Triduo pascual y evoca aquella Cena en la cual el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, habiendo amado hasta el extremo a los suyos que estaban en el mundo, ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino y los entregó a los apóstoles para que los sumiesen, mandándoles que ellos y sus sucesores en el sacerdocio también lo ofreciesen >> (Cf. CLP2026, p. 143).


La Iglesia celebra solemnemente los más grandes misterios de nuestra redención en el Triduo sacro, haciendo memoria de su Señor crucificado, sepultado y resucitado, con celebraciones especiales (Cf. Sagrado Triduo Pascual, 1. Misal Romano).


Desde la misma tarde del Jueves Santo, la Iglesia entra en un tiempo sagrado que no se fragmenta, sino que fluye como un único acto de culto. La Misa de la Cena del Señor, la Celebración de la Pasión del Viernes Santo y la Vigilia Pascual no son tres celebraciones independientes, sino tres momentos de un mismo misterio que se actualiza sacramentalmente. Aunque esto lo estudiaremos más adelante, haremos un adelanto mencionando que, litúrgicamente hablando, el Triduo tiene una única dinámica: comienza con el signo de la Cruz y el saludo inicial el Jueves Santo, y no concluye hasta la bendición final de la Vigilia Pascual. La asamblea se dispersa, pero vuelve a congregarse más adelante.


Esta unidad se fundamenta teológicamente en el carácter indivisible del Misterio Pascual. La entrega de Cristo en la Última Cena anticipa sacramentalmente su sacrificio en la cruz; su muerte no es un fracaso aislado, sino el paso necesario hacia la vida nueva de la Resurrección. Por tanto, separar estos momentos sería fragmentar el único acto salvífico de Cristo, que es a la vez sacrificio, entrega y victoria.


El Jueves Santo introduce al creyente en la lógica del amor hasta el extremo, manifestando en la institución de la Eucaristía y el mandamiento del amor fraterno. El Viernes Santo, en cambio, sitúa a la Iglesia ante el misterio de la Cruz, donde ese amor alcanza su máxima expresión en la donación total. Finalmente, la Vigilia Pascual irrumpe como proclamación jubilosa de que la muerte ha sido vencida y la vida ha triunfado definitivamente.


En cuanto a la liturgia, para celebrar debidamente el Triduo sacro se requiere un número conveniente de ministros laicos, que deben ser adecuadamente instruidos en aquellas cosas que les corresponde realizar (Cf. Sagrado Triduo Pascual, 2. Misal Romano).


Estas celebraciones deben hacerse en las iglesias catedrales y parroquiales, y solamente en aquellas en las que puedan desarrollarse dignamente, esto es, con asistencia de fieles, con número suficiente de ministros y con posibilidad de cantar al menos algunas partes. Por tanto, conviene que las pequeñas comunidades, asociaciones y pequeños grupos particulares de cualquier tipo, se reúnan en estas iglesias para realizar las celebraciones sagradas de una forma más noble (Cf. Sagrado Triduo Pascual, 3. Misal Romano).






Comentarios


© 2035 Creado por Actor y Modelo con Wix.com

bottom of page