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Dominica in Palmis de Passione Domini

  • Foto del escritor: Borja Mejías
    Borja Mejías
  • 28 mar
  • 7 Min. de lectura

Actualizado: 8 abr



Ensayando para la misa del Domingo de Ramos, uno de los músicos que intervendrán en la Eucaristía me preguntaba por la liturgia de ese día. Movido por ese interés en saber, he decidido redactar este pequeño estudio sobre la teología, la liturgia, las diferencias y curiosidades de la misa que tiene lugar en el VI Domingo de Cuaresma.


Durante la Semana Santa la Iglesia celebra los misterios de la salvación actuados por Cristo en los últimos días de su vida, comenzando por su entrada mesiánica en Jerusalén (Directorio sobre la Piedad popular y la Liturgia, n. 138).

El Domingo de Ramos abre solemnemente la Semana Santa, situándonos ante el umbral del misterio central de la fe cristiana: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. No es simplemente una conmemoración histórica, sino una celebración profundamente teológica que introduce al creyente en el drama de la redención.


Este día posee un carácter único dentro del año litúrgico: combina la alegría de la proclamación mesiánica con la gravedad del anuncio de la Pasión. La liturgia no separa ambos aspectos, sino que los presenta unidos, revelando que la gloria de Cristo pasa necesariamente por la Cruz. Podríamos decir que el Domingo de Ramos no es solamente una entrada, es el umbral de la Cruz.

Esta celebración se fundamenta en el relato de la entrada de Cristo en Jerusalén, recogido en los cuatro evangelios: Evangelio de San Mateo (21, 1-11), Evangelio de San Marcos (11, 1-10), Evangelio de San Lucas (19, 28-40) y Evangelio de San Juan (12, 12-19).


En todos los relatos, Jesucristo es aclamado por el pueblo con ramos y mantos, mientras gritan “¡Hosanna!”. Este término, de raíz hebrea, significa originalmente “sálvanos”, pero en el contexto litúrgico adquiere un sentido de alabanza y reconocimiento mesiánico. La escena no es improvisada: responde al cumplimiento de las Escrituras, mostrando a Cristo como el Mesías esperado que entra en la Ciudad Santa.


Este año (ciclo A) corresponde la lectura de San Mateo. Narrando la pasión, subraya que Jesús es consciente de lo que ocurre: lo sabe de antemano, lo asume y trata en todo momento de que sus discípulos no se dispersen. Subraya también la injusticia del proceso y la culpabilidad de las autoridades. También el hecho de que los paganos son los que perciben mejor la inocencia y dignidad de Jesús: la mujer de Pilato, el centurión en la cruz… (Cf. Calendario Litúrgico-Pastoral, p. 139).


Los ramos que portan los fieles no son un simple elemento decorativo o tradicional. En la simbología bíblica, las ramas de palma y olivo representan la victoria, la paz y la realeza. Habiendo enseñado el Apóstol: <<Si sufrimos con él, también con él seremos glorificados>>, el nexo entre ambos aspectos del misterio pascual, ha de resplandecer en la celebración y en la catequesis de este día (Cf. Capítulo VI. Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. Misal Romano, 263. P. 84).


Al agitarlos y acompañar la procesión, los fieles reconocen a Jesucristo como Rey y Señor. Sin embargo, esta realeza no es de carácter político ni triunfalista, sino profundamente espiritual.


Además, los ramos bendecidos se convierten en un sacramental: un signo que prolonga en la vida cotidiana la gracia celebrada, recordando al cristiano su compromiso de vivir conforme a Cristo.


Uno de los ejes teológicos fundamentales de este día es la manifestación de Cristo como Rey, pero en una forma completamente inesperada. Jesucristo entra en Jerusalén montado en un pollino, cumpliendo la profecía de humildad y mansedumbre.


No se presenta como un líder político ni como un conquistador, sino como un rey que viene a servir y a entregar su vida. Su realeza no se fundamenta en el poder, sino en el amor llevado hasta el extremo.


El verdadero trono de Cristo no será un palacio, sino la Cruz. Desde ahí ejercerá su señorío, revelando que la verdadera victoria es el sacrificio redentor.


El Domingo de Ramos contiene una de las tensiones más profundas de toda la liturgia cristiana: el mismo pueblo que aclama a Cristo como Rey será el que, pocos días después, pedirá su crucifixión.


Este contraste no debe interpretarse solo como un hecho histórico, sino como una revelación sobre la condición humana. La inconstancia, la superficialidad y la facilidad para dejarse llevar por las circunstancias quedan reflejadas en esta contradicción.


La liturgia interpela directamente al creyente: no basta con aclamar a Cristo externamente; es necesario permanecer fiel incluso cuando el camino conduce a la Cruz.


La riqueza del Domingo de Ramos también se manifiesta en sus elementos litúrgicos y expresivos. El color rojo, utilizado en las vestiduras, simboliza tanto la realeza de Cristo como su Pasión.


La proclamación de la Pasión suele realizarse de forma dialogada a 3 voces, lo que facilita la participación de la asamblea y acentúa el carácter dramático del relato.


El canto del “Hosanna” y otros elementos musicales subrayan la alegría inicial de la celebración, mientras que el progresivo cambio de tono introduce a los fieles en el misterio del sufrimiento redentor.


En contextos como el andaluz, estos elementos encuentran además una resonancia especial en la religiosidad popular, donde la estética, la música y la procesión se convierten en cauces privilegiados de expresión de la fe.


La liturgia del Domingo de Ramos presenta una estructura singular, compuesta por dos momentos claramente diferenciados pero íntimamente unidos:


  1. La procesión o entrada solemne


    1. Procesión

      Comienza fuera del templo o en un lugar distinto, donde se bendicen los ramos. A continuación se proclama el Evangelio de la entrada en Jerusalén y se realiza la procesión. Este gesto no es meramente simbólico: es una actualización litúrgica en la que la Iglesia acompaña a Cristo en su entrada mesiánica. El Obispo, con mitra y báculo, junto con los ministros, y, si es el caso, los concelebrantes revestidos para la Misa se acerca al lugar de la bendición de los ramos, mientras se canta la antífona Hosanna al Hijo de David (Cf. Capítulo VI. Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. Misal Romano, 265,2. P. 84), u otro canto apropiado como por ejemplo Qué alegría cuando me dijeron. Durante la procesión el coro y el pueblo canta los cantos dedicados a Cristo Rey que se indican en el Misal: Los niños hebreos (Pueri hebreorum), ¡Gloria, alabanza y honor! (Cf. Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, 9). Durante la entrada en la iglesia, tenemos la antífona Al entrar el Señor en la ciudad santa (Cf. Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, 10). Si se hace esta entrada, se omiten los ritos iniciales de la misa y, según la oportunidad, el Señor, ten piedad (Cf. Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, 11).


    2. Entrada solemne

      Cuando no es posible hacer la procesión fuera de la iglesia, la entrada del Señor se celebra dentro de la iglesia, por medio de una entrada solemne antes de la misa principal. En este caso, los fieles se reúnen o en la puerta de la iglesia o en la misma iglesia, teniendo los ramos en las manos. El sacerdote, los ministros y una representación de fieles se dirigen a un lugar apto de la iglesia, fuera del presbiterio, donde por la mayor parte de los fieles pueda ver el rito. Mientras el sacerdote se dirige al lugar indicado, se canta la antífona: Hosanna al Hijo de David u otro canto adecuado. En este lugar se bendicen los ramos y se proclama el evangelio de la entrada del Señor en Jerusalén. Después del evangelio, el sacerdote con los ministros y algunos fieles se dirigen al presbiterio por la iglesia; mientras tanto se canta el responsorio: Al entrar el Señor u otro canto apropiado. Posteriormente, el sacerdote venera el altar, y omite los ritos iniciales de la misa y, según la oportunidad, el Señor ten piedad. Continúa diciendo la oración colecta (Cf. Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, nn. 12-15).


En esta ocasión, omitiremos la forma tercera (entrada simple). Esta forma se usa para las misas restantes de ese domingo en las que no se hace la entrada solemne. Se hace la memoria de la entrada del Señor en Jerusalén como entrada simple (Cf. Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, n. 16).


  1. La Misa de la Pasión del Señor


Tras la procesión, la celebración eucarística adquiere un tono distinto. El momento central es la proclamación de la Pasión, que introduce a los fieles en el sufrimiento redentor de Cristo. La liturgia pasa así de la aclamación al recogimiento, mostrando la unidad del misterio pascual.


Para esta lectura, no se llevan ni cirios ni incienso, no se hace al principio el saludo habitual, ni se signa el libro. La lee el diácono o, en su defecto, el mismo celebrante. Puede también ser leída por lectores, reservando, si es posible, al sacerdote la parte correspondiente a Cristo. Si son diáconos, antes de la lectura de la Pasión, piden la bendición al sacerdote, como en otras ocasiones antes del Evangelio (Cf. Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, n. 21).


Una vez que se ha leído la muerte del Señor, todos se arrodillan y se hace una pausa. Terminada la lectura de la Pasión, se hace una breve homilía. Terminada ésta, si cree oportuno, se pueden guardar algunos momentos de silencio. La Misa continúa como de costumbre.

Las lecturas del Domingo de Ramos de la Pasión del Señor, para la procesión refieren a la solemne entrada del Señor en Jerusalén, tomados de los tres evangelios sinópticos; en la misa se lee el relato de la Pasión del Señor (Cf. Calendario Litúrgico-Pastoral, p. 136).


Al final de esta publicación, me gustaría traer a colación la forma tradicional de la procesión de entrada de esta misa. Expongo el artículo: "Costumbre tradicional: Toque de puerta con la cruz, el Domingo de Ramos".


<<En la forma antigua de los ritos de la Semana Santa hay una hermosa ceremonia que tiene lugar el Domingo de Ramos en la que la procesión sale de la iglesia y las puertas de la iglesia son cerradas, estas se golpea tres veces con la base de la cruz procesional.


Veamos como Benedicto XVI, en su homilía del domingo de ramos del 2007, nos explica este hermoso rito:

"En la antigua liturgia del domingo de Ramos, el sacerdote, al llegar ante el templo, llamaba fuertemente con el asta de la cruz de la procesión al portón aún cerrado, que a continuación se abría. Era una hermosa imagen para ilustrar el misterio de Jesucristo mismo que, con el madero de su cruz, con la fuerza de su amor que se entrega, ha llamado desde el lado del mundo a la puerta de Dios; desde el lado de un mundo que no lograba encontrar el acceso a Dios. Con la cruz, Jesús ha abierto de par en par la puerta de Dios, la puerta entre Dios y los hombres. Ahora ya está abierta. Pero también desde el otro lado, el Señor llama con su cruz: llama a las puertas del mundo, a las puertas de nuestro corazón, que con tanta frecuencia y en tan gran número están cerradas para Dios". (Homilía de Benedicto XVI, Domingo de Ramos. 2007 : Vatican.va)>>





Misal Romano, Domingo de Ramos en la Pasión del Señor: https://liturgiapapal.org/attachments/article/1015/4.6.pdf

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