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El Triduo Pascual: Celebratio Passionis Domini

  • Foto del escritor: Borja Mejías
    Borja Mejías
  • 27 mar
  • 7 Min. de lectura

Actualizado: 8 abr


El Señor ha muerto. La Iglesia está de luto, pues ha muerto el Esposo. Día de ayuno y abstinencia. Según una antiquísima tradición, no se celebra ningún sacramento ni en este día ni en el siguiente, excepto el de la Penitencia y Unción de enfermos (Cf. Misal Romano. Viernes Santo en la Pasión del Señor, n. 1). Es el único día natural del año en el que no se celebra la Eucaristía. No suenan las campanas, sino la matraca, a modo de duelo.


El Viernes Santo es el día en que la Iglesia contempla, celebra y adora el misterio de la muerte redentora de Jesucristo. No se trata de un día de luto sin esperanza, sino de una jornada profundamente teológica: en la Cruz se realiza la salvación del mundo.


Con todo, la Cruz toma especial importancia en este día. Lo explicaremos más adelante una vez terminada la celebración.


La liturgia no celebra un fracaso, sino una victoria paradójica. Cristo no es simplemente una víctima, sino el Señor que, entregándose libremente, vence el pecado y la muerte.


Al final de la Misa del Jueves Santo, se desnuda el altar de la iglesia. Por ello, el altar debe permanecer desnudo por completo. Sin cruz, sin candeleros, sin manteles… (Cf. Misal Romano. Viernes Santo en la Pasión del Señor, n. 3).


«Después del mediodía, cerca de las tres, a no ser que por razón pastoral se elija una hora más tardía, tiene lugar la celebración de la Pasión del Señor, que consta de tres partes: liturgia de la Palabra, adoración de la Cruz y sagrada comunión» (Cf. Misal Romano. Viernes Santo en la Pasión del Señor, n. 4). Hago especial hincapié en la palabra “celebración” y no «Eucaristía» o «Misa». Recordemos la primera rúbrica de este día.


[El sacerdote] al haberse retirado en silencio y no haber despedido a la asamblea el Jueves Santo,  cito textualmente: «el sacerdote, y el diácono si lo hay, revestidos de color rojo como para la misa, se dirigen en silencio al altar, y, hecha la reverencia al mismo, se postran rostro en tierra o, si se juzga oportuno, se arrodillan, y oran en silencio durante algún espacio de tiempo. Todos los demás se postran de rodillas» (Cf. Misal Romano. Viernes Santo en la Pasión del Señor, n. 5).


A continuación, se levantan, se hace la oración propia y da comienzo la Liturgia de la Palabra.


Uno de los elementos más sobrecogedores de la liturgia del Viernes Santo es la proclamación (frecuentemente cantada) de la Pasión según el Evangelio de San Juan.


No se trata de una simple lectura, sino de una proclamación solemne que, a través del canto, adquiere una fuerza expresiva única. La tradición litúrgica ha conservado este modo de anunciar la Pasión porque el canto permite entrar más profundamente en el misterio que se celebra.


Habitualmente, el texto se distribuye entre varios ministros al igual que el Domingo de Ramos:


  • Cristo

  • El narrador

  • Los distintos personajes (pueblo, Pilato, etc.)


Esto no tiene un carácter teatral, sino litúrgico: la asamblea no asiste a una representación, sino que participa en la actualización del misterio.


El relato de Evangelio de San Juan presenta a Jesucristo como Señor incluso en la Pasión. Y el canto subraya precisamente esta dimensión: Cristo no pierde el control de la situación, pues se entrega libremente y su “reino” se manifiesta en la Cruz.


Además, la liturgia incluye la profecía del Siervo sufriente (Isaías 52–53), que ilumina el sentido redentor del sufrimiento de Cristo.


El tono solemne y contenido del canto en la Pasión evita el dramatismo excesivo y conduce a una contemplación más profunda y teológica.


«La liturgia de la Palabra se concluye con la oración universal, que se hace de este modo: el diácono, si lo hay, o en su ausencia un ministro laico, en pie y desde el ambón, canta o lee las invitaciones que expresan la intención. Después todos oran en silencio durante un espacio de tiempo, y seguidamente el sacerdote, desde la sede o, si parece más oportuno, desde el altar, con las manos extendidas, dice la oración» (Cf. Misal Romano. Viernes Santo en la Pasión del Señor, n. 11).


Se pide por la Santa Iglesia, por el Papa, por todos los ministros y los fieles, por los catecúmenos, por la unidad de los cristianos, por los judíos, por los que no creen en Cristo, por los que no conocen a Dios, por los gobernantes, y por último, por los atribulados. (Cf. Misal Romano. Viernes Santo en la Pasión del Señor, n. 13). De esta forma, se entiende que Cristo tiene un alcance universal. Nadie queda fuera de su entrega en la Cruz.


«Acabada la oración universal, tiene lugar la solemne adoración de la santa Cruz. De las dos formas que se proponen a continuación para mostrar la cruz, elíjase la que se juzgue más apropiada, según las exigencias pastorales» (Cf. Misal Romano. Viernes Santo en la Pasión del Señor, n. 14).


Hay dos formas para la mostración de la santa Cruz:


  • Primera forma, en la que un ministro va a la sacristía y trae a la Cruz procesionalmente por la iglesia cubierta con un velo morado y acompañado por dos ministros con velas encendidas. En el altar, descubriendo cada parte de la Cruz, el sacerdote canta hasta tres veces la invitación: Mirad el árbol de la cruz (Ecce lignum Crucis), a la que el pueblo responde: Venid a adorarlo (Cf. Misal Romano. Viernes Santo en la Pasión del Señor, n. 15).

  • En la segunda forma, el sacerdote o el diácono con los ministros, se dirige a la puerta de la iglesia, donde toma la cruz ya descubierta; los ministros le acompañan con velas encendidas, y van profesionalmente por la iglesia hacia el presbiterio. Cerca de la puerta, en medio de la iglesia y antes de subir al presbiterio, el que lleva la cruz canta la invitación anteriormente mencionada. El pueblo responde igualmente con su parte. Después de cada una de las respuestas se arrodillan y adoran en silencio (Cf. Misal Romano. Viernes Santo en la Pasión del Señor, n. 16).


Entonces, da comienzo la Adoración de la santa Cruz a la que, primero se acerca solo el sacerdote celebrante, que puede quitarse la casulla y los zapatos. A continuación, el clero, los ministros laicos y los fieles. Mientras, se canta la antífona Tu Cruz adoramos, los improperios (Pueblo mío / Popule meus) a dos coros, o el himno Oh, cruz fiel. Mencionar que es importantísimo que sólo se exponga una cruz. (Cf. Misal Romano. Viernes Santo en la Pasión del Señor, n. 18-20).


Teniendo en cuenta las condiciones del lugar y las tradiciones del pueblo, según la oportunidad pastoral, se puede cantar el Stabat Mater, según el Gradual Romano, u otro canto apropiado en memoria de la compasión de santa María Virgen al pie de la cruz (Cf. Misal Romano. Viernes Santo en la Pasión del Señor, n. 19).


Para la sagrada comunión se pone el mantel en el altar y se coloca el corporal y le Misal. Mientras se traslada por el camino más corto el Santísimo Sacramento reservado el Jueves Santo al altar, la asamblea permanece de pie y en silencio (Cf. Misal Romano. Viernes Santo en la Pasión del Señor, n. 22).


Después de las oraciones propias, se distribuye la comunión a los fieles, mientras se canta el salmo 21 u otro canto apropiado. Acabada la distribución de la comunión, se lleva la píxide a algún lugar especialmente preparado fuera de la iglesia (Cf. Misal Romano. Viernes Santo en la Pasión del Señor, n. 28-29).


Tras recibir la bendición, y habiendo hecha genuflexión a la cruz, el pueblo congregado sale en silencio al igual que el Jueves Santo. Después de la celebración se desnuda el altar, pero dejando sobre él la cruz con dos o cuatro candeleros (Cf. Misal Romano. Viernes Santo en la Pasión del Señor, n. 31-33)


Como adelantamos al principio y hemos ido viendo conforme avanzaba la redacción, hoy la Cruz cobra especial importancia. Ella es el centro absoluto en el Viernes Santo. En ella se revela el misterio del amor de Dios llevado hasta el extremo. En ella, Jesucristo asume el sufrimiento humano y lo transforma desde dentro. Cristo no elimina el dolor, le da un sentido redentor.


En la Pasión según San Juan, la Cruz aparece como un trono. Cristo reina desde ella. Tenemos la inscripción “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. Es una proclamación de su verdadera realeza. La gloria de Cristo se manifiesta atravesando la muerte, no evitándola.


Pero, con todo esto, nos puede asaltar una pregunta: ¿cómo se puede adorar una cruz? Esta es una de las particularidades del Viernes Santo. La Iglesia rinde a la Cruz un culto que la tradición teológica denomina latría, es decir, el culto de adoración que solo corresponde a Dios.


La Cruz no es venerada como símbolo aislado, sino como el signo inseparable de Cristo crucificado. En palabras de la tradición, la adoración se dirige “al mismo Cristo en la Cruz”.


Por eso, el gesto litúrgico no es una simple dulía o veneración (como la que se da a los santos), sino verdadera adoración: porque en la Cruz se hace presente el acto supremo del amor de Dios. Se adora el misterio de la salvación que en ella se realiza. La liturgia expresa esta verdad en uno de sus cantos más antiguos y sobrecogedores. El Ecce lignum Crucis, in qui salus mundi pependit que antes mencionábamos. La respuesta del pueblo (Venite, adoremus) me remite al himno que cantamos durante el tiempo de Navidad. El pueblo que hace meses adoraba a ese Niño envuelto en pañales entre las maderas de un pesebre, adora en este momento al madero en el que ese Niño pende ahora colgado entregando su vida. Desde ahí, cobra sentido el himno cristológico en Filipenses 2, 6-11.


Otros himnos dedicados a la Cruz es el Vexilla Regis Prodeunt. Es un antiguo himno latino compuesto por Venancio Fortunato en el siglo VI, utilizado especialmente en la liturgia de la Semana Santa. Anuncia que Cristo reina desde el "estandarte" de la Cruz y que en ella está la victoria (tenemos también el canto "¡Victoria, tú reinarás!".


Para el Sábado Santo en la Pasión del Señor se tienen en cuenta las siguientes rúbricas del Misal:


«1. Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los infiernos, y esperando su resurrección en oración y ayuno.

2. La Iglesia se abstiene del sacrificio de la misa, quedando por ello desnudo el altar hasta que, después de la solemne Vigilia o expectación nocturna de la resurrección, se inauguren los gozos de la Pascua, cuya exuberancia inundará los cincuenta días pascuales.

3. En este día no se puede distribuir la sagrada comunión, a no ser en el modo de Viático».


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